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ESOS ADORABLES RESTAURANTES DE CARRETERA

ESOS ADORABLES RESTAURANTES DE CARRETERA, oasis donde parar en esos largos viajes en coche; paraísos ¿quizá ya en peligro de extinción? ¡NO!

ESOS ADORABLES RESTAURANTES DE CARRETERA. Victoria Monera

Cuando hago un viaje largo, es decir, de esos en los que tienes que parar un par de veces, siempre disfruto de los restaurantes de carretera. No me refiero a las cafeterías de gasolineras ni a las que pertenecen a franquicias, en las que debes entrar y salir por una especie de pasillo donde exponen toda una serie de productos autóctonos (¡qué risa!) o no con la pretensión de hacerlos parecer irresistibles a los viajeros.

No. Yo hablo de esos de toda la vida. De esos restaurantes grandes con una barra larga llena de fuentes que nos muestran sus apetitosas viandas: ensaladilla, carne con tomate, tortilla de patatas, callos, cuencos con olivas. Donde los bocadillos son gigantes y las coca colas también. A mí me gusta mucho curiosear (después de haber visitado el baño, que suele ser la primera necesidad de los apretados conductores y pasajeros) y la pasada Navidad pasé por uno que me pareció una joya. Paso a describirlo.

Al entrar (con permiso de un mega gato que había tumbado en la puerta y por el que adivinamos inmediatamente que la comida era buena y las raciones abundantes) nos encontramos con dos árboles de navidad. Sí, dos. ¿Qué pasa? Uno así como de diseño, de estos con adornos de lazos hechos con tela de saco y cáscaras de nuez. Y otro que me cautivó; llevaba guirnaldas. ¿Os acordáis de esas guirnaldas doradas y plateadas que se combinaban con las bolas verdes o rojas buscando bellos contrastes? Pues era así. Era como si uno lo hubiera puesto la nieta y, después, por la noche y a escondidas, la abuela hubiera sacado el suyo (sí señora, ¡qué es eso de poner nueces en un árbol de navidad! ¡A qué extremos estamos llegando!).

La barra a la izquierda y a la derecha las mesas. Pedimos bocadillos a un eficiente camarero (un señor bajito y algo barrigudo que nació ya con su camisa blanca, su pantalón negro y su libretita , estoy absolutamente segura) y, mientras esperábamos la comanda, unas aceitunas riquísimas. Yo me dediqué a cotillear por el local, abarrotado de grupos que buscaban dónde asentarse.

Al fondo, descubrí un mostrador acristalado que mostraba queso variados, de bola, con la corteza negra, con aceite. Sobre el mostrador, colgaban unos jamones de considerable tamaño. Detrás unas estanterías repletas de cajas de dulces: hojaldritos, miguelitos, almendrados. Y claro, por aquello de ser modernos, unas bolsas de papas y algunas chucherías que desentonaban bastante para mi gusto.

Y busqué ansiosa una de mis partes favoritas, la vitrina con navajas típicas de Albacete. ¡Con navajas! ¿No os parece asombroso? Siempre me pregunto quién compra una navaja hoy en día. Quién. Al final llego a la conclusión de que si las tienen ahí será porque venden, ¿no?

Continué hasta que vi otra de las bellezas que estos lugares ofrecen: los expositores con casetes y discos. Ahora. Sí, son restos ¿de la época de los dinosaurios? Me encanta ponerme delante de ellos y ver los títulos que nos ofrecen. Eso es pura sociología. Y al lado un par de tragaperras, sonoros y lumínicos.

Por supuesto, de la vitrina y de los expositores colgaban brillantes guirnaldas acabadas con una bola que nos recordaban que estábamos en Navidad y que muchos de nosotros teníamos como destino visitar a nuestra familia. Y, ya puestos, ¿por qué no llevarle a nuestro sobrino una navaja típica de Albacete, a nuestra abuela una cajita de hojaldritos, a nuestra cuñada un queso (si está algo rancio que se aguante), un disco de Nino Bravo para la abuela y para nosotros un jamón?

¡Qué tentación!

¿Te apetece curiosear?

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