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CAPERUCITA ROJA. Charles Perrault

CAPERUCITA ROJA. Charles Perrault. Este autor escribió algunos de los cuentos más famosos del mundo. En esta versión, ¿el lobo se come a Caperucita? ¿O no?

 Ya sé que es un cuento muy conocido, quizá el más conocido. Pero… ¿os habéis preguntado si alguna vez lo habéis leído? ¿Conocéis las muchas versiones que hay? Aquí os dejo la versión de Perrault; para mí, la mejor por ser la más directa y la más cercana al original. También al final la estupenda moraleja que acaba con esta frase, “¿Quién ignora que lobos tan melosos son los más peligrosos?”, dedicada a todos los adolescentes confiados e incautos.

Para los más sensibles está la versión de los Hermanos Grimm, con dos suaves finales para que podáis elegir. Es muy interesante comparar la versión de Perrault con las de los Hermanos Grimm, de verdad.

¡A disfrutar! Y que no se os olvide contárselo a vuestros hijos así, sin endulzar.

SOBRE EL AUTOR

CHARLES PERRAULT (1628-1703)

Parisino de familia acomodada, recibió una esmerada educación y trabajó siempre como un alto funcionario para el gobierno francés. Escribió discursos, loas, poemas… siempre para alabar a los que estaban en el poder y obtener todas las ventajas que de esto se derivaba. Pero estos escritos no son los que le han permitido pasar a la historia de la literatura; será a los 55 años cuando publique “CUENTOS DEL PASADO” o “CUENTOS DE MAMÁ GANSO”, como eran conocido por la mayoría (publicados en 1697); aquí se encuentran los cuentos más famosos de este escritor, como Piel de asno, Caperucita Roja o La Cenicienta. También, como los Hermanos Grimm o Hans Christian Andersen más tarde, lo que hace es recoger estas historias de la tradición oral o de leyendas exóticas. Añadió en cada uno una moraleja para que sirvieran de ejemplo a los lectores, “deleitar y enseñar”.

Sus relatos conservan todavía una frescura que ha hecho que sigan siendo leídos después de varios siglos.

CAPERUCITA ROJA. Charles Perrault

Había una vez una niña, la más bonita que se haya podido ver nunca. Su madre la quería con locura y su abuela aún la quería más. Esta buena mujer le había hecho a su nieta una capa roja con capucha, que le sentaba tan bien a la niña, que por todas partes la llamaban Caperucita Roja. 

Un día su madre hizo unos pasteles muy ricos y le dijo a Caperucita:

-Ve a ver cómo se encuentra la abuela, pues me han dicho que está algo enferma; y le llevas unos pastelitos y un tarrito de mantequilla.

Caperucita Roja salió enseguida hacia la casa de su abuela, que vivía al otro lado del bosque. Al atravesar el bosque se encontró con el lobo, que tenía muchas ganas de comérsela, aunque no se atrevió, pues estaban cerca algunos leñadores. Le preguntó que adónde iba y la pobre niña, que no sabía que es peligroso hablar con un lobo, le dijo:

-Voy a ver a mi abuelita y a llevarle estos pastelitos y este tarrito de mantequilla.

-¿Vive muy lejos tu abuelita? -le preguntó el lobo.

-Oh, sí -contestó Caperucita-. ¿Ves aquel molino que se ve allá a lo lejos? Pues en cuanto lo pases, en la primera casa.

-¡Pues mira por donde!-dijo el lobo-. Yo quiero ir a verla también; voy a ir por este camino y tú lo harás por aquel otro; a ver quién llega antes.

El lobo echó a correr con todas sus fuerzas por el camino más corto, mientras que la niña se fue por el camino más largo, entreteniéndose en coger avellanas, corriendo detrás de las mariposas y haciendo ramilletes con las flores que encontraba.

El lobo no tardó mucho tiempo en llegar a la casa de la abuelita. Llamó a la puerta: ¡Toc, toc, toc!

-¿Quién es?

-Soy tu nieta, Caperucita Roja -dijo el lobo afinando la voz- y te traigo unos pastelitos y un tarrito de mantequilla que te manda mi madre.

La pobre abuela, que estaba en la cama porque se encontraba algo enferma, le gritó:

-Tira de la aldabilla y se abrirá la puerta.

El lobo tiró de la aldaba y la puerta se abrió. Se abalanzó entonces sobre la buena de la abuelita, devorándola en un santiamén, pues hacía más de tres días que no probaba bocado. Después cerró la puerta y se acostó en la cama de la abuelita, esperando la llegada de Caperucita.

La niña llegó poco después y llamó a la puerta: ¡Toc, toc, toc!

-¿Quién es? -dijo el lobo.

Caperucita Roja, al oír el vozarrón del lobo, tuvo miedo, pero supuso que su abuelita estaba ronca y respondió:

-Soy tu nieta, Caperucita Roja; te traigo unos pastelitos y un tarrito de mantequilla que te envía mi mamá.

El lobo le gritó, endulzando un poco la voz:

-Tira de la aldabilla y se abrirá la puerta.

Caperucita Roja tiró de la aldabilla y la puerta se abrió. El lobo le dijo, ocultándose en la cama bajo las mantas:

-Deja los pastelitos y el tarrito de mantequilla encima de la cómoda y ven a acostarte conmigo.

Caperucita Roja se desnudó y fue a meterse en la cama; pero se quedó muy sorprendida al ver cómo era su abuelita en camisón y le dijo:

-Abuelita, ¡qué brazos más grandes tienes!

-Son para abrazarte mejor, hija mía.

-Abuelita, ¡qué piernas más grandes tienes!

-Son para correr mejor, niña mía.

-Abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!

-Son para oírte mejor, mi niña.

-Abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!

-Son para verte mejor, niña mía.

-Abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!

-¡Son para comerte!

Y diciendo estas palabras, el lobo malvado se arrojó sobre la pequeña Caperucita y se la comió. 

“Vemos aquí que los adolescentes y más las jovencitas elegantes, 

bien hechas y bonitas, hacen mal en oír a ciertas gentes, 

y que no hay que extrañarse de la broma de que a tantas el lobo se las coma. 

Digo el lobo, porque estos animales no todos son iguales: 

los hay con un carácter excelente y humor afable, dulce y complaciente, 

que sin ruido, sin hiel ni irritación persiguen a las jóvenes doncellas, 

llegando detrás de ellas a la casa y hasta la habitación.

 ¿Quién ignora que lobos tan melosos son los más peligrosos?”

¿Te apetece curiosear?

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