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“LA AVENTURA DEL TOCADOR DE SEÑORAS”. Mi libro favorito

Si tuviera que elegir un libro para acompañarme siempre… es difícil, ¿verdad? Como elegir una película o un actor o una comida o un cuadro.

Pero tengo que confesar que si me preguntan qué libro he leído más veces (y no dudo en repetir), hay uno que está por encima de todos, “La aventura del tocador de señoras“, de Eduardo Mendoza.

Conocí a este autor en mis años de instituto; por esa época era obligatoria la lectura de “La verdad sobre el caso Savolta“, libro que “ni fu ni fa” en esos momentos de mi vida. Pero que me llevó hasta “El misterio de la cripta embrujada“, la primera protagonizada por un “héroe” de nombre desconocido que se dedica a deshacer entuertos como si de un caballero andante se tratara. Caí rendida.

Lo de héroe lo he entrecomillado porque es difícil describir a este “detective” (también entre comillas). Por ejemplo podría decir que es de oscuros orígenes, callejero, habitante de un manicomio, ayudante a la fuerza de la policía… Todo es verdad pero nada lo define del todo.

Por supuesto (y basta con fijarse bien en el título) la novela pertenece a ese género llamado “negro” y nuestro investigador nos recuerda continuamente a otros como Sam Spade o Philip Marlowe…pero de manera peculiar. No nos confundamos. Empezando porque el detective español no tiene nombre y acabando porque es “un muerto de hambre” en sentido literal.

Irremediablemente me enamoré de él y lo seguí en su segunda aventura “El laberinto de las aceitunas“.

El tercera novela tardó casi veinte años en llegar. Gracias, Eduardo. “La aventura del tocador de señoras“. La mejor sin ninguna duda. Desde el día en que la leí por primera vez la he recomendado, la he regalado, la he alabado y, por supuesto, la he leído una y otra vez. Sin cansarme. Me encanta el dominio del lenguaje del autor, la ironía escondida en cada línea, ese tierno personaje que es Cándida, su humor, el tema. Todo. Me gusta todo.

Después apareció una cuarta entrega, “El enredo de la bolsa y la vida“. Bien. Correcta. Pero para los que seáis atrevidos y queráis disfrutar de unas de las mejores series de novela negra en español… empezad por la primera.

Y en 2015 “El secreto de la modelo extraviada“, donde nuestro detective innominado se ve otra vez envuelto en una delirante aventura con asesinato incluido.

Os presento un pequeño fragmento para que sepáis lo que vais a encontrar. ¡Ah! No admito quejas del tipo: ¡Pues no es para tanto! ¡Yo me esperaba más! ¡Vaya un héroe cutre! Y a ti, ¿por qué te gusta este libro?

Si alguien se anima a leer estas novelas negras…allá él.

 “EL LABERINTO DE LAS ACEITUNAS”. Eduardo Mendoza. Capítulo quinto

Amarilleaban las hojas del periódico y ya era noche cerrada cuando localicé a mi hermana. Estaba apostada junto a una farola a la espera de que cayera algún cliente, cosa que no parecía de inminente acontecer, pues hasta los más encallecidos puteros cambiaban prudentemente de acera para evitar sus envites. Un perro vagabundo acudió a olisquearle los pantis y se alejó ululando calle abajo. Siempre al socaire de mi periódico, me aproximé a ella por detrás y le susurré al oído:

        -No te vuelvas ni des muestras de sorpresa, Cándida. Soy yo.

Pegó un salto, lanzó un alarido y dejó caer el bolso en mitad de un charco. Por fortuna, este comportamiento, en lugar de atraer la atención de los transeúntes, les hizo avivar el paso y dejar desierto el pútrido callejón. (…)

Cándida no gustaba de hablar de la época en que trató de triunfar como cantante. A través de su cabellera, ya rala, se vislumbraban aún las abolladuras y costurones que le habían dejado los botellazos de un público que si no contaba entre sus virtudes la de la caridad, tampoco contaba entre sus defectos el del mal oído. De pequeña ensayaba hora tras hora usando la cadena del wáter a modo de micrófono, insensible a los zurriagazos con que mi padre trataba, bien de disuadirla de sus sueños de gloria, bien de dormir la siesta en paz. A los treinta años, y sabe dios a qué precio, consiguió Cándida su primer contrato. Su efímera carrera fue un continuo ir y venir de las tablas al dispensario. Nada le entristecía más que evocar aquellos tiempos de entusiasmo y desengaño. (…)

La fosa común del Cementerio Viejo debía ser más acogedora que el edificio en ruinas donde moraba mi hermana. En el zaguán me vi obligado a vadear un charco oleaginoso que borboteaba, aunque no me atreví a imaginar por qué. La pieza de la que constaba la vivienda propiamente dicha sólo daba cabida a un jergón y a otro mueble. Con su sentido práctico, Cándida había decidido que ese otro mueble fuera un tocador. (…) -Más vale que me ponga en movimiento. Préstame tus cosas de maquillaje, Cándida, que quiero cambiar un poco mi apariencia.

       Abrió un cajón del tocador y me tendió un frasquito.

-No están los tiempos para afeites –me dijo-. Sólo uso pintalabios.

-¿Mercromina? –dije yo después de leer la etiqueta del frasquito.

-Dura más y sale mejor de precio y si tienes una pupita, te la cura.

¿Te apetece curiosear?

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