0 En TEXTOS ALUMNOS

EL BAÚL DE LA TÍA JOBITA. Manuel Herranz

LA LECHERA. Manuel Herranz. Otra versión de esta clásica historia con una edificante (y triste) moraleja. De un escritor autodidacta y muy aconsejable.

Un breve cuento que escribió Manuel Herranz para comentar el eterno tema de la mujer “solterona” en la literatura.
Taller de escritura, Jávea 2014.

EL BAÚL  DE TÍA JOBITA
Tía Jobita era una joven bonita y atractiva.

No faltaba nunca un galán en su venta atraído por sus apreciables dotes, si bien ella, entre bromas y entre veras, se mostraba en extremo selectiva.

Pagada del premio que merecían sus virtudes, bordaba con esmero las delicadas prendas de su ajuar, como correspondía a toda muchacha joven que se preciara de elevados principios. Así, entre vainicas y festones, esperaba la llegada del apuesto caballero que mereciera la  ofrenda de aquellas delicadas prendas y de otras que, con el más riguroso celo, preservaba.

Sujeta, por una parte, a una educación severa, monjil y mojigata; por otra, inducida por sus mayores a elegir cierto tipo de pretendiente, cuyas dotes no llegaban nunca a satisfacer el ideal de varón que en sus ilusiones se había forjado.

Desde su ventana veía pasar el tiempo, observando con cierta envidia a las jóvenes parejas que paseaban al atardecer y festejaban sin malicia el amor, travieso y juvenil. Y, burlando al farolero, apagaban la luz de la calleja para buscarse (al amparo del pálido reflejo de la luna) las formas evidentes; se acariciaban, poniendo y quitando barreras al recato, saboreando la dulzura que a su pasión brindaba el cómplice paseo entre la celestina fronda de los setos y la alcahueta flora de las alheñas y de los arrayanes.

Sus novios se aburrían al verla aumentar el decoro de su enclaustrada decencia. Y así se fue pasando el mágico albedrío de sus hermosas veinte primaveras, empujándola hacia un célibe otoño gris, triste y estéril  donde se perdió un sueño juvenil que, sin duda, imaginó dorado.

Tras la verja herrumbrosa de un vetusto balcón, orlado por la hiedra, ya marchita y sedienta; descorriendo a hurtadillas el crochet amarillento, descolorido y rancio del visillo; con la frente pegada al cristal, el rostro pensativo y un gesto de tristeza en la mirada; soportando con la resignación de una gata hogareña el tenaz aburrimiento; ahogando un íntimo sollozo, tía Jobita hurgaba tristemente en sus recuerdos y evocaba una historia de idílicas promesas y proyectos que alguna vez llenaron los sueños de su fugitiva juventud.

Entre los cachivaches de un oscuro desván, en un viejo baúl al que invade la carcoma, duerme el sueño frustrado de un mundo de ilusiones bordadas con esmero en la seda obsoleta de un virtuoso ajuar que se destiñe, olvidado, entre polilla, polvo y un penetrante olor a naftalina que anula la fragancia de un virginal trusó.

Como  una irónica y cruel metáfora escucha cada noche el macilento chirriar del último tranvía que, como sus ilusiones, se aleja, desapareciendo lentamente en la distancia.

¿Te apetece curiosear?

No Hay Comentarios

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: