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EL ENANITO SALTARÍN. Los Hermanos Grimm

EL ENANITO SALTARÍN. Los Hermanos Grimm. Un relato ágil y divertido. Creo que es uno de los mejores cuentos que hay "para ser contado oralmente".

Los españoles siempre tenemos problemas con el nombre de este personaje, así lo llamamos “EL ENANITO SALTARÍN”, o sea hacemos otra adaptación más. Seguro que los Hermanos Grimm la aceptarían. Tópicos a montón: un molinero presumido, una bella en apuros, una adivinanza… como consecuencia un relato ágil y divertido. Creo que es uno de los mejores cuentos que hay “para ser contado oralmente”.

SOBRE LOS AUTORES

Los Hermanos Grimm (Jacob y Wilheim) fueron dos escritores alemanes del siglo XIX que han pasado a la historia de la literatura alemana por sus aportaciones tanto filológicas como cuentísticas. Se les considera creadores de la filología alemana, tras publicar obras como “Diccionario alemán”, “Gramática alemana” y “Mitología alemana”. Fuera de las fronteras de su país son conocidos por sus “Cuentos de la infancia y del hogar”, donde están incluidos títulos tan famosos como BlancanievesLa cenicienta, Caperucita RojaBarba Azul. Todos sus cuentos fueron recogidos de versiones orales, por ello son recopiladores. Sus primeras versiones son más duras (más reales, habría que decir), decían que sus cuentos “no eran para niños”; pero se vieron obligados a retocar y suavizar muchos de ellos para hacerlos más accesibles al público infantil.

“RUMPELSTIKI” o “EL ENANITO SALTARÍN”

Había una vez un pobre molinero que tenía una bellísima hija. Y sucedió que en cierta ocasión se encontró con el rey, y, como le gustaba darse importancia sin medir las consecuencias de sus mentiras, le dijo:

-Mi hija sabe hilar tan bien, que convierte la hierba seca en oro.

-Eso es admirable, es un arte que me agrada -dijo el rey-. Si realmente tu hija puede hacer lo que dices, llévala mañana a palacio y la probaremos.

Y en cuanto llegó la muchacha, el rey la condujo a una habitación llena de paja, le entregó una rueca y un carrete y le dijo:

-Ponte a trabajar; si mañana temprano toda esta hierba seca no es oro, morirás.

Y dichas estas palabras, cerró él mismo la puerta y la dejó sola.

Allí quedó sentada la pobre hija del molinero y, aunque le iba en ello la vida, no se le ocurría cómo convertir la hierba en oro. Cuanto más tiempo pasaba, más miedo tenía y por fin se echó a llorar.

De repente, se abrió la puerta y entró un hombrecito.

 -¡Buenas tardes, señorita molinera! -le dijo-. ¿Por qué está llorando?

-¡Ay de mí! -respondió la muchacha.- Tengo que hilar toda esta paja de modo que se convierta en oro; y no sé cómo hacerlo.

-¿Qué me darás -dijo el hombrecito- si lo hago por ti?

-Mi collar -dijo la muchacha.

El hombrecito tomó el collar, se sentó frente a la rueca y… ¡zas, zas, zas! , dio varias vueltas a la rueda y se llenó el carrete. Y así continuó sin parar hasta la mañana, en que toda la hierba seca quedó hilada y todos los carreteles llenos de oro.

Al amanecer se presentó el rey. Cuando vio todo aquel oro, se asombró y se alegró muchísimo: pero su corazón rebosó de codicia. Hizo que llevasen a la hija del molinero a una habitación mucho mayor que la primera también atestada de hierba seca y le ordenó que la hilase en una noche, si en algo estimaba su vida. La muchacha no sabía cómo arreglárselas; ya se había echado a llorar, cuando se abrió la puerta y apareció el hombrecito.

-¿Qué me darás -preguntó- si te convierto la hierba seca en oro?

-Mi sortija -contestó la muchacha.

El hombrecito tomó la sortija, volvió a sentarse a la rueca, y, al llegar la madrugada, toda la paja estaba convertida en reluciente oro.

Se alegró el rey a más no poder cuando lo vio, pero aún no tenía bastante; mandó que llevasen a la hija del molinero a una habitación mucho mayor que las anteriores y también atestada de hierba seca.

-Hilarás todo esto durante la noche -le dijo-, y si logras hacerlo, serás mi esposa.

Tan pronto quedó sola, apareció el hombrecito por tercera vez y le dijo:

-¿Qué me darás si nuevamente esta noche te convierto la hierba seca en oro?

-No me queda nada para darte -contestó la muchacha.

-Prométeme entonces -dijo el hombrecito- que, si llegas a ser reina, me entregarás tu primer hijo.

La muchacha dudó un momento. « ¿Quién sabe si llegaré a tener un hijo algún día, y esta noche debo hilar este heno seco?» se dijo. Y no sabiendo cómo salir del paso, prometió al hombrecito lo que quería.

Cuando el rey llegó por la mañana y lo encontró todo tal como lo había deseado, se casó enseguida con la muchacha; así fue como se convirtió en reina la linda hija del molinero.

Un año más tarde le nació un hermoso niño, sin que ella se hubiera acordado más del hombrecito. Pero, de repente, lo vio entrar en su cámara:

-Vine a buscar lo que me prometiste -dijo.

La reina se quedó horrorizada, y le ofreció cuantas riquezas había en el reino con tal de que le dejara al niño. Pero el hombrecito dijo:

-No. Una criatura viviente es más preciosa para mí que los mayores tesoros de este mundo.

Comenzó entonces la reina a llorar de tal modo que el hombrecito se compadeció de ella.

-Te daré tres días de plazo -le dijo-. Si en ese tiempo adivinas mi nombre, te quedarás con el niño.

La reina se pasó la noche tratando de recordar todos los nombres que oyera en su vida, y como le parecieron pocos envió un mensajero a recoger, de un extremo a otro del país, todos los nombres que hubiese. Cuando el hombrecito llegó al día siguiente, empezó por Gaspar, Melchor y Baltasar, y fue luego recitando uno tras otro los nombres que sabía; pero el hombrecito repetía:

-¡No! Así no me llamo yo.

Al segundo día la reina mandó averiguar los nombres de las personas que vivían en los alrededores del palacio y repitió al hombrecito los más curiosos y poco comunes.

-¿Te llamarás Arbilino, o Patizueco, o quizá Trinoboba?

Pero él contestaba invariablemente:

-¡No! Así no me llamo yo.

Al tercer día regresó el mensajero de la reina y le dijo:

-No he podido encontrar un sólo nombre nuevo; pero al subir a una altísima montaña, más allá de lo más profundo del bosque vi una casita diminuta. Delante de la puerta ardía una hoguera y, alrededor de ella un hombrecito ridículo brincaba sobre una sola pierna y cantaba:

Hoy tomo vino y mañana cerveza,

después al niño sin falta traerán.

Nunca, se rompan o no la cabeza,

el nombre Rumpelstikin adivinarán.

¡Imagínense lo contenta que se puso la reina cuando oyó este nombre!

Poco después entró el hombrecito y dijo:

-Y bien, señora reina, ¿cómo me llamo yo?

-¿Te llamarás Conrado? -empezó ella.

-¡No! Así no me llamo yo.

-¿Y Enrique?

-¡No! ¡Así no me llamo yo! -replicó el hombrecito con expresión triunfante.

Sonrió la reina y le dijo:

-Pues… ¿quizás te llamas… Rumpelstikin?

-¡Te lo dijo una bruja! ¡Te lo dijo una bruja! -gritó el hombrecito, y, furioso, dio en el suelo una patada tan fuerte, que se hundió hasta la cintura.

Luego, sujetándose al otro pie con ambas manos, tiró y tiró hasta que pudo salir; y entonces, sin dejar de protestar, se marchó corriendo y saltando sobre una sola pierna, mientras en palacio todos se reían de él por haber pasado en vano tantos trabajos. 

¿Te apetece curiosear?

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