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EL GRAN SULTÁN AL-HAMAL. Victoria Monera

EL GRAN SULTÁN AL-HAMAL. Victoria Monera. Un cuento que quiere imitar a los grandes cuentos orientales. ¿Lo logra? Pues no sé.

Este cuento es una colaboración que hice para el blog MARTES DE CUENTO (por aquello de probar cosas nuevas). Gracias a “Martes de Cuento” por corregir y mejorar la narración.

Está inspirado en un breve texto de Marco Denevi titulado “EL EMPERADOR DE CHINA” que es uno de mis cuentos favoritos. Sinceramente creo que el del escrito argentino es insuperable.

EL GRAN SULTÁN AL-HAMAL. Victoria Monera

Un país ahora desconocido estuvo en remotos tiempos gobernado por el gran sultán Al-Hamal. Este sultán era algo perezoso, sumamente indolente y en absoluto interesado en la tarea de gobernar. Le costaba mucho levantarse por las mañanas y aún le costaba más atender las labores propias de su cargo: leer documentos, retocar leyes, escuchar propuestas, ordenar obras, asistir a fiestas y recepciones, recibir a diplomáticos de otros países… ¡Uf! Todas aquellas tareas eran demasiado pesadas para él. Mientras su padre vivió, el joven participó de todo un poquito, pero tras la muerte de su progenitor el verdadero “Poder Real” había recaído sobre sus espaldas y su vida se había trastocado por completo.

Su carácter cambió; se volvió taciturno, introvertido y malhumorado. Tal vez porque la inmensa responsabilidad que ahora suponía el más pequeño de todos sus actos lo asustaba tanto que lo dejaba paralizado. Así que, poco a poco, fue delegando cada vez más en sus ministros todos sus compromisos.

En especial se apoyó en su primer ministro, Kubralii. Un hombre brillante, nacido para la política, con capacidad de mando y organización y dotado de una inteligencia privilegiada.

Kubralii le daba al gran Al-Hamal casi todo hecho. Él era el que analizaba, decidía y ejecutaba y el sultán se limitaba a firmar todo lo que su hombre de confianza le ponía ante los ojos. ¿Lo leía previamente? ¡No! ¿Para qué? Estaba más que probada la astucia y habilidad del primer ministro y Al-Hamal confiaba ciegamente en Kubralii; estaba seguro de que todas las decisiones que tomaba eran siempre las más acertadas.

El sultán asistía a ciertos actos protocolarios en los que era ineludible su presencia, pero al poco rato se retiraba con cualquier excusa y lo dejaba todo en manos de su ministro.

A medida que pasaba el tiempo, fue espaciando de tal modo sus apariciones en público que tanto los cortesanos como los ciudadanos se fueron acostumbrando a las ausencias del gran sultán y un buen día, cuando dejaron de verlo, no echaron de menos su presencia.

Tan poco a poco fue dejando de aparecer en público que nadie fue consciente de que hacía meses que no veían su regia persona y de que era, en realidad, Kubralii el que en su lugar departía, entrevistaba, juzgaba… En fin, el único que gobernaba la nación.

Pasaron los días y la festividad más importante de aquel país ahora desconocido llegó. Se trataba de la Fiesta Nacional, una semana entera de grandes festejos en la que había fuegos artificiales, concursos, mercado… Todo el mundo acudía a la capital para conmemorar el aniversario en que los dioses habían otorgado el trono y, junto a él, el destino de todo el reino a Al-Mahmud, El Divino, un lejanísimo antepasado de Al-Hamal.

Desde tiempos inmemoriales era costumbre que los festejos se iniciaran con un discurso. El sultán reinante salía al balcón de palacio y se dirigía a todos sus súbditos. Pero aquel año, por primera vez en siglos, el gran sultán no apareció. En su lugar se asomó Kubralii y lo más curioso del caso fue que a nadie le extrañó la inexplicable ausencia del soberano.

El primer ministro, con palabras directas y sencillas, explicó a todos los súbditos congregados bajo el anchuroso balcón de palacio que durante el último año el país había vivido en paz, se había enriquecido como nunca, todos tenían trabajo y una casa digna, las relaciones exteriores habían mejorado notablemente y se había acabado con el analfabetismo. En fin, que las nuevas leyes promulgadas eran mucho más justas y que el único objetivo del gobierno que él lideraba era hacer a todos más felices cada día.

Los ciudadanos aplaudieron acaloradamente. ¡Era verdad! ¡El suyo era el mejor país del mundo y ellos los habitantes más afortunados de la Tierra!

 Exaltado por la larga ovación y lleno de vanidad y orgullo, el primer ministro volvió a dirigirse a la enfervorizada multitud, pero esta vez, con mucho pesar, les comunicó que hacía justo un año que el sultán, su amado sultán, el gran Al-Hamal había muerto, y que él, como garante del destino de todos, no había dicho nada para no interrumpir el avance de la nación. Él se había seguido sacrificando por el país; él había continuado trabajando sin descanso y en total soledad para que todo funcionara a la perfección y ahora había llegado la hora de que lo proclamaran nuevo sultán.

¿Qué estaba diciendo Kubralii? ¿Que había muerto el sultán? ¿Que el gran Al-Hamal estaba muerto?

Un silencio sepulcral se apoderó del gentío. Los ciudadanos miraban atónitos a Kubralii y después se miraban unos otros, sin dar crédito a lo que estaban escuchando.

Un sordo rumor se elevó desde la abarrotada plaza hasta el balcón en el que estaba asomado el primer ministro. Un murmullo que fue creciendo y creciendo y que, como una ola, acabó por romper en un fuerte y unánime alarido que heló la sangre de los más valientes.

Tras unos momentos de incertidumbre, el pueblo entero se precipitó hacía el palacio; subió en tropel las escaleras y llegó hasta la sala real, en la que se había refugiado el aterrorizado Kubralii. Los primeros que llegaron se abalanzaron sobre él, lo prendieron, lo ataron de pies y manos y lo condujeron en volandas hasta las oscuras mazmorras, donde lo encerraron bajo siete llaves y después se olvidaron de él para siempre.

Si habían llegado a ser la nación más rica, feliz y próspera de la Tierra con un sultán muerto, querían seguir siendo gobernados por el mismo sultán. ¿Para qué necesitaban un sultán nuevo?

¿Te apetece curiosear?

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