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EL LIMO DEL ALMENDARES. Lydia Cabrera


EL LIMO DEL ALMENDARES” es un cuento dedicado a los que quieren disfrutar de un léxico lindísimo y de extraordinaria riqueza. Una historia de amor en Cuba llena de misterio, celos y tragedia. Precioso. Leedlo despacio.

EL LIMO DEL ALMENDARES
El Alcalde dio un bando proclamando que en todo el mundo no había mulata más linda que Soyán Dekín. 
Billillo, un calesero, quería a Soyán Dekín, pero nunca se lo había dicho por temor a un desaire: que si ella era linda, pretenciosa, resabiosa, él no era negro de pacotilla. 
Hubo fiesta en el Cabildo, en honor de Soyán Dekín. Fue el Alcalde. Y Soyán Dekín, reina, pavoneándose. Arrollando con la bonitura. Y baila que baila con el Alcalde. 
A Billillo esto se le hizo veneno en el corazón. Sin querer mirarla tan fantasiosa — porque desprecio no repara –, se le iban los ojos detrás de su brillo y su contoneo.
¡Caramba con la mulata! que debió haber nacido para untarse esencias y mecerse en estrado. Era de ringo-rango. ¡Y con aquel mantón de seda que coquetea, y la bata de nansú, buena estaba la mulata, buena estaba Soyán Dekínen su apogeo, para querida de un Don! 
Billillo afilió su odio. 
Para no desgraciarse dejó la fiesta, y los demonios se lo iban llevando por las calles oscuras. Y el cornetín, allá en el Cabildo, tenía a la noche en vela. Y Billillo — ya Dios lo haya perdonado — fue donde el brujo de la Ceiba, que vivía metido en la muerte y solo se ocupaba en obras malas. 
Soyán Dekín dormía las mañanas con señorío. Ni los ruidos de la calle tempranera, ni la rebujiña del vecindario en el patio común, le espantaban el sueño. 
Hasta muy sonadas las once, no pensaba en levantarse; y por su cara bonita, nunca hacía nada. Era su madre — planchadora inmejorable — quien trajinaba en la casa y quien ganaba el sustento: ella al espejo o en la ventana. ¡Zangandonga! 
Soyán Dekín volvió del cabildo de madrugada. Y no se acostó. A la hora de las frutas y las viandas, cuando la calle se llenó de pregones y el chino vendedor de pescado llamó en el postigo, Soyán Dekín le dijo a su madre: 
— «Dame la ropa sucia; voy a lavar al río.» 
— «¡Tú tan linda, y después del baile lavando la ropa! » 
Pero Soyán Dekín, como si alguien invisible se lo ordenara susurrándole al oído, gravemente repitió: 
— «Sí, Mamita, venga la ropa; hoy tengo que lavar en el río.» 
La vieja, que se había acostumbrado a no contrariarla en lo más mínimo, hizo un lío de toda la ropa que había en la casa y se lo entregó a su hija, que se marchó llevando el burujón en la cabeza. 
Y dicen que el sol no ha vuelto a ver criatura mejor formada, ni más graciosa, ni más cimbreña — la brisa en su bata y por nimbo la mañana –, que Soyán Dekín aquel día, camino del Almendares. 
Donde el río se hizo arroyo y el agua se hizo niña, jugando a flor de tierra Soyán Dekín desató el lío de ropa y arrodillándose sobre una piedra, se puso a lavar. 
Todo era verde como una esmeralda y Soyán Dekín se fue sintiendo presa, aislada en un cerco mágico: sola en el centro de un mundo imperturbable de vidrio. 
Una presencia nueva en la calma la hizo alzar los ojos y vio a Billillo a pocos pasos de ella, metido en el agua, armado de un fusil e inmóvil como una estatuta. Y Soyán Dekín tuvo miedo: miedo al agua niña, sin secreto, al silencio, a la luz; al misterio, tan desnudo de repente… 
— « ¡Qué casualidad, Billillo, encontrarte aquí! ¿Has venido a cazar, Billillo? Billillo, anoche en el baile te anduvieron buscando Altagracia y Eliodora, y María Juana, la del Limonar… Y yo pensé, Billillo, que bailarías conmigo. Billillo… no te lo digo por falacia, nadie borda el baile en un ladrillo como tú.» 
Pero Billillo no oía, ausente de la vida. Tenía los ojos fijos, desprendidos y vidriosos de un cadáver. Sus brazos empezaron entonces a moverse rígidos y lentos; como un autómata cargaba el fusil y disparaba al aire en todas direcciones. 
— «¡Billillo!» 
Soyán Dekín quiso huir. No pudo levantar los pies: la piedra la retuvo; El lecho del arroyo, de tan poco fondo, y donde los guijarros, al alcance de la mano, brillaban como las cuentas azules, desprendidas de un collar de Yemayá, se iba ahondando; el agua limpia y clara que antes jugaba infantil a flor de tierra, se tornó grande, profunda y secreta. 
La piedra avanzó por sí sola, llevándose cautiva a Soyán Dekín, que se halló en mitad de un río anchuroso, turbio, y empezó a hundirse lentamente. 
Tan cerca, que casi podía rozarlo, Billillo seguía inmutable, cargando y disparando su fusil a los cuatro vientos; y el agua no se abría a sus pies, insondable, para tragárselo como a ella, poco a poco. 
— « ¡Billillo! — gritaba Soyán Dekín — ¡Sálvame! ¡Mírame! Ten compasión de mí. Yo tan linda… ¿cómo he de morir?» 
(Pero Billillo, no oía, no veía.) 
— «¡Billillo, negro malo, corazón de piedra!» 
(Y Soyán Dekín se hundía despacio, fatalmente.) 
Ya le daba el agua por la cintura. Pensó en su madre, y la llamó… 
La vieja que estaba planchando con arte, pecheras blancas de mil alforzas, tembló toda de angustia. 
— « ¡Soyán Dekín. Dekín Soyán! 
Se lanzó a la calle desesperada, medio desnuda, sin echarse a los hombros su pañolón; fue a pedir auxilio, llorando, a las vecinas. Llamaron a un alguacil. 
— «¿Quién ha visto pasar a Soyán Dekín? Soyán Dekín, que iba al río…» 
Recorrieron las dos orillas del Almendares. 
La vieja seguía escuchando los lamentos de su hija, en la celada del agua. 
— « ¡Dekín! ¡Duelo yo!… » 
También la oían ahora las vecinas y el alguacil. Todos, menos Billillo. 
Ya Soyán Dekín sólo tenía la cabeza de fuera. 
— « ¡Ay, Bellillo, esto es bilongo! (1) Negritillo, adiós… Y yo que te quería, mi santo, y tú que me gustabas, negro, y no te lo daba a entender por importancioso. ¡Por no sufrir un desaire!» 
Billillo pareció despertar bruscamente de su sueño. Un sueño que hubiera durado mucho tiempo o toda la vida. 
El río había cubierto totalmente a Soyán Dekín; flotaba su cabellera inmensa en el agua verde, sombría. 
Rápido, Billillo, libres todos sus miembros, la asió por el pelo; tiró de ella con todas sus fuerzas. 
La piedra no soltó su presa… Billillo se quedó con un mechón en cada mano. 
Tres días seguidos las mujeres y el alguacil buscaron el cuerpo de Soyán Dekín. 
El Almendrales lo guardó para siempre. Y aseguran — lo ha visto Chémbe, el camaronero — que en los sitios donde es más limpio y más profundo el río se ve en el fondo una mulata bellísima, que al moverse dilata el corazón del agua. 
Soyán Dekín en la pupila verde del agua. 
De noche, la mulata emerge y pasea la superficie, sin acercarse nunca a la orilla. En la orilla, llora un negro… 
(El pelo de Soyán Dekín es el limo del Almendares).

¿Te apetece curiosear?

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