0 En CUENTOS CLÁSICOS

EL PEZ DE ORO. Afanasiev

EL PEZ DE ORO” es una bellísima muestra de los cuentos rusos. De uno de los grandes maestros rusos, Alexander Afanasiev, gran folklorista muy preocupado por la pérdida de los cuentos tradicionales eslavos que se encargó de recoger y publicar. Este escritor nos dejó una colección de 680 cuentos tradicionales que recopiló viajando por toda Rusia. No tuvo una buena vida y murió de tuberculosis, pobre y desahuciado y sin ver su obra publicada en Rusia.

Sus cuentos tiene, como todos los cuentos clásicos, una moraleja que nos hará pensar.  En este caso, nos habla de unos de los temas más tratados por la cuentística de todo el mundo, de la ambición. Recordemos, por ejemplo, “La gallina de los huevos de oro”.
Esta es una versión resumida.

EL PEZ DE ORO
En una isla muy lejana había una cabaña pequeña y vieja que servía de albergue a un anciano y su mujer. Vivían en la mayor pobreza; todos sus bienes se reducían a la cabaña y a una red que el mismo marido había hecho, y con la que todos los días iba a pescar, como único medio de procurarse el sustento de ambos.

Un día echó su red en el mar, empezó a tirar de ella y le pareció que pesaba extraordinariamente, pero vio que estaba vacía; tan sólo encontró un pequeño pez. Quedó asombrado al ver que era un pez de oro; su asombro creció de punto al oír que el Pez, con voz humana, le suplicaba:

-No me cojas, abuelito; déjame nadar libremente y te podré ser útil dándote todo lo que pidas.

El anciano meditó un rato y le contestó:

-No necesito nada de ti; vive en paz en el mar. ¡Anda!

Al volver a la cabaña, su mujer, que era muy ambiciosa y soberbia, le preguntó:

-¿Qué tal ha sido la pesca?

-Mala, mujer -contestó, quitándole importancia a lo ocurrido-; sólo pude coger un pez de oro, tan pequeño que, al oír sus súplicas para que lo soltase, me dio lástima y lo dejé en libertad.

-¡Oh viejo tonto! Has tenido entre tus manos una gran fortuna y no supiste conservarla. Si al menos le hubieses pedido un poco de pan, tendrías algo que comer; pero ¿qué comerás ahora si no hay en casa ni una migaja?

Al fin el marido, no pudiendo soportar más a su mujer, fue en busca del pez de oro; se acercó a la orilla del mar y exclamó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

El Pez se arrimó a la orilla y le dijo:

-¿Qué quieres, buen viejo?

-Se ha enfadado conmigo mi mujer y me ha mandado que te pida pan.

-Bien; vete a casa, que el pan no les faltará.

El anciano volvió a casa y preguntó a su mujer:

-¿Cómo van las cosas, mujer? ¿Tenemos bastante pan?

-Pan hay de sobra, porque está el cajón lleno -dijo la mujer-; pero lo que nos hace falta es una artesa nueva; ve y dile al pez de oro que nos dé una.

El viejo se dirigió a la playa otra vez y llamó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

El Pez se arrimó a la orilla y le dijo:

-¿Qué necesitas, buen viejo?

-Mi mujer me mandó a pedirte una artesa nueva.

-Bien; tendrás también una artesa nueva.

De vuelta a su casa, cuando apenas había pisado el umbral, su mujer le salió al paso gritándole:

-Vete en seguida a pedirle al pez de oro que nos regale una cabaña nueva.

Se fue el marido a la orilla del mar y gritó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

El Pez nadó hacia la orilla y le preguntó:

-¿Qué necesitas ahora, viejo?

-Constrúyenos una nueva cabaña; mi mujer no me deja vivir en paz.

-No te entristezcas. Vuelve a tu casa y reza, que todo estará hecho.

Volvió el anciano a casa y vio con asombro que en el lugar de la cabaña vieja había otra nueva. Corrió a su encuentro su mujer no bien lo hubo visto, y más enfadada que nunca, le gritó:

-¡Qué viejo más estúpido eres! No sabes aprovecharte de la suerte. ¡Imbécil! Ve otra vez al mar y dile al pez de oro que no quiero ser una campesina; quiero ser mujer de gobernador.

Se dirigió de nuevo el anciano a la orilla del mar y llamó en alta voz:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

Se arrimó el Pez a la orilla como otras veces y dijo:

-¿Qué quieres, buen viejo?

Éste le contestó:

-No me deja en paz mi mujer; por fuerza se ha vuelto completamente loca; dice que no quiere ser más una campesina; que quiere ser una mujer de gobernador.

-Bien; no te apures; vete a casa y reza a Dios, que yo lo arreglaré todo.

Volvió a casa el anciano; en el sitio de la cabaña se elevaba una magnífica casa de piedra con tres pisos; corría apresurada la servidumbre por el patio; en la cocina, los cocineros preparaban la comida, mientras que su mujer se hallaba sentada en un rico sillón vestida con un precioso traje.

-¡Hola, mujer! ¿Estás ya contenta? -le dijo el marido.

-¿Cómo has osado llamarme tu mujer a mí, que soy la mujer de un gobernador? -y dirigiéndose a sus servidores ordenó-: Cojan a ese miserable campesino y llévenlo a la cuadra; que lo azoten.

Enseguida cogieron por el cuello al pobre viejo, lo azotaron y apalearon. Después de esto, la cruel mujer lo nombró barrendero de la casa.

Para el pobre anciano empezó una existencia llena de amarguras y humillaciones.

Sin embargo, no duró mucho tiempo aquello. Se aburrió la vieja de su papel de mujer de gobernador. Llamó al anciano y le ordenó:

-Ve y dile al pez de oro que no quiero ser más mujer de gobernador; quiero ser zarina.

Se fue el anciano a la orilla del mar y exclamó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

El Pez de oro se arrimó a la orilla y dijo:

-¿Qué quieres, buen viejo?

-¡Ay, pobre de mí! Mi mujer se ha vuelto aún más loca que ante; quiere ser zarina.

-No te apures. Vuelve tranquilamente a casa y reza a Dios. Todo estará hecho.

Volvió el anciano a casa; vio elevarse un magnífico palacio; detrás del palacio, un hermosísimo jardín y delante una explanada en la que estaba formado un gran ejército. La mujer, engalanada como correspondía a su rango de zarina, salió al balcón seguida de gran número de generales y nobles y empezó a pasar revista a sus tropas.

pesar de toda esta magnificencia, después de poco tiempo se aburrió la mujer de ser zarina y mandó que buscasen al anciano.

-¡Ve, viejo tonto; ve en seguida a la orilla del mar y dile al pez de oro que quiero ser diosa de los mares, que todos los mares y peces me obedezcan!

El buen viejo quiso negarse, pero su mujer lo amenazó con cortarle la cabeza si se atrevía a desobedecerla. Con el corazón oprimido se dirigió el anciano a la orilla del mar, y una vez allí, exclamó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

Pero no apareció el pez de oro; el anciano lo llamó por segunda vez, pero tampoco vino. Lo llamó por tercera vez, y de repente se alborotó el mar, se levantaron grandes olas y el color azul del agua se oscureció hasta volverse negro. Entonces el Pez de oro se arrimó a la orilla y dijo:

-¿Qué más quieres, buen viejo?

El pobre anciano le contestó:

-No sé qué hacer con mi mujer; está furiosa conmigo y me ha amenazado con cortarme la cabeza si no vengo a decirte que ya no le basta con ser zarina; que quiere ser diosa de los mares, para mandar en todos los mares y gobernar a todos los peces.

Esta vez el pez no respondió nada al anciano; se volvió y desapareció en las profundidades del mar.

El desgraciado viejo se volvió a casa y quedó lleno de asombro. El magnífico palacio había desaparecido y en su lugar se hallaba otra vez la primitiva cabaña vieja y pequeña, en la cual estaba sentada su mujer, vestida con unas ropas pobres y remendadas.

Tuvieron que volver a su vida de antes, dedicándose otra vez el viejo a la pesca, y aunque todos los días echaba su red al mar, nunca volvió a tener la suerte de pescar al maravilloso pez de oro.

¿Te apetece curiosear?

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