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EL REFLEJO. Pablo Lobo

LA LECHERA. Manuel Herranz. Otra versión de esta clásica historia con una edificante (y triste) moraleja. De un escritor autodidacta y muy aconsejable.

 

Texto de Pablo Lobo con una mezcla de cuento tradicional y de terror. El tema: la belleza.

Taller de escritura, Jávea 2014.

EL REFLEJO
(O lo que sucedió en el país donde no había espejos)

En aquel remoto país, en un tiempo que se pierde en la noche de los siglos, sucedió una enorme tragedia. La única hija del rey, al mirarse en un espejo mientras se peinaba, se encontró tan fea que lo rompió en pedazos y se degolló con uno de ellos. Desde entonces, por orden real, los espejos fueron prohibidos hasta todos los confines del país, pues traían a las almas sucesos desventurados.

En aquella pequeña aldea, la secular prohibición se mantenía a rajatabla, pues con el transcurso de los años, cualquier desventura o calamidad, ya fueran enfermedades, sequías, inundaciones, fuegos o pestes en el ganado, se atribuían al maléfico poder de los espejos. Nadie podía ver su rostro con claridad en un espejo, y el único reflejo era el que devolvía el agua cristalina de un río que discurría por el cercano bosque; decían que ese reflejo mostraba el alma. La gente se acercaba con sigilo a su orilla; hincados de rodillas observaban su reflejo, se tocaban el rostro, tomaban la cristalina agua con sus manos y la dejaban caer en la piel;  de esa forma creían limpiar su alma.

La joven caminaba a paso rápido, presa de una intensa emoción, ese mismo día había cumplido 18 años y ya podía ver, por primera vez, su rostro en el río. Ilusionada llegó a la orilla, se arrodilló y observó. Al momento, su nerviosa sonrisa se congeló en su cara y se tornó en una desagradable mueca. El reflejo le había mostrado un rostro  poco agraciado, ojos pequeños y hundidos bajo una prominente frente, la nariz demasiado grande y una boca que a nadie apetecería besar, pues sus delgados y blanquecinos labios formaban una fina línea rígida, que parecía una cicatriz.

Impresionada, presa de una gran congoja y conteniendo sus lágrimas, se dirigió hacia una vetusta casa, ubicada a la entrada del bosque, donde vivía una anciana mujer a la que todos consideraban sabia y hechicera.

Entró en la casa y, todavía llorosa, le dijo a la anciana con voz entrecortada:

-Mi alma es impura, la vi en el reflejo del agua.

Un susurro salió de la anciana:

-La medida de la pureza no es la belleza – contestó sin darle importancia

La joven le suplicó que le proporcionara un ritual, un conjuro, una pócima que le permitiera sentirse bien con su reflejo. Ante tanta insistencia la hechicera tomó unas secas hierbas, unas pequeñas semillas, varias raíces y una redonda piedra roja y lo introdujo todo en una olla, que, llena de agua, hervía en el rescoldo de unas brasas, al fondo de la chimenea. En pocos minutos un espeso brebaje estaba listo y la joven crédula y emocionada bebió un gran vaso del mismo.

Hilda, que así se llamaba la joven, salió de la casa y, aunque ya había oscurecido, no pudo controlar la inmensa curiosidad que sentía. Cogió una antorcha y se dirigió al río. Cuando alcanzó la orilla se arrodilló, muy nerviosa, con la esperanza de haber embellecido su alma y poder contemplar un hermoso reflejo. En el río, los rojizos destellos de las llamas de la antorcha se mezclaban con el reflejo de su rostro… que no había cambiado del que contempló por la mañana. Sintió una profunda decepción y  aquella visión la atormentaba y le causaba una infinita desesperación. De pronto, reparó en que a su lado aparecía  el reflejo de una joven, quizás de su misma edad; tal vez era lo único que tenían en común, pues era hermosa y miraba su reflejo con una sonrisa,  satisfecha de su alma.

Al observar esto, Hilda se sintió apoderada por la envidia y un gran odio creció inmediatamente en lo más profundo de su ser, como si un infeccioso virus hubiera invadido sus entrañas. Dio un manotazo al agua, lo que asustó a la joven, quien intentó ofrecer una  sonrisa a Hilda pero sin conseguirlo, ya que ésta salió corriendo hacia el cercano bosque.

Escondida tras los árboles, Hilda observaba a la joven que seguía limpiando su alma con el agua cristalina; a cada instante que pasaba una malvada idea iba creciendo en su mente, alimentada por la envidia y el odio.

A la noche siguiente, Hilda, oculta en la espesura del bosque esperó, nerviosa e impaciente, a que la joven volviera al río; efectivamente, apareció con su rubia cabellera y, de rodillas en la orilla del río, cogía agua con sus manos y la vertía por su rostro. Entonces Hilda, acercándose sigilosamente por detrás, con una  pesada piedra en las manos,  levantó los brazos y asestó, con un violento movimiento, un tremendo golpe en la cabeza de la joven, quien cayó de bruces,  muerta en el acto. En ese momento, miró sus manos llenas de sangre y sintió que el odio que le había impulsado a cometer el crimen se había disipado y transformado en una emoción desbordante. Tomó el inerte cuerpo por los pies y lo arrastró al cercano bosque. De entre sus ropas sacó un afilado cuchillo y, entre nerviosas risas, comenzó a efectuar unos profundos cortes alrededor del rostro del cadáver, trazando un óvalo que pasaba por detrás de la frente y bajaba por delante de las orejas hasta la garganta, para después, con el mismo cuchillo, desprender la piel y conseguir una máscara; la sumergió en las cristalinas aguas,  que cuales tomaron unos tintes rojizos que se llevó la corriente, al igual que el cuerpo sin vida que había arrojado al río.

Alegre,  llevó la máscara a su casa;  le cosió en los costados unas cintas para poderlas anudar detrás de su nuca. A la noche siguiente se acercó al río para encontrarse con las aguas y su nuevo reflejo. Se puso la máscara. Se arrodilló, con el corazón palpitándole de ansiedad y… ¡Oh, qué maravilla, qué belleza! Al fin le gustaba lo que veía; un sentimiento de orgullo y entusiasmo la recorrió. Sonreía mientras feliz, gritaba que su alma estaba pura y bella. Corrió contenta por el bosque, cantando y saltando. Volvió a su casa, entró, buscó a su madre, que se encontraba en la cocina guisando, y desde la puerta gritó:

-Mamá, ¿te gusta?

La madre se volvió y… un espeluznante grito de horror retumbó en la casa, en la aldea, en el bosque y llegó hasta el río. La madre, con una mueca de espanto en su rostro, cayó fulminada de un ataque al corazón. Había visto una calavera, la calavera de la muerte, que le hablaba vestida con la ropa de su hija.

FIN
                                                          

¿Te apetece curiosear?

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