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LA LECHE ¡CUÁNTO SURTIDO!

Nada. Que he decidido no beber leche.

Voy al supermercado. Busco la zona “Lácteos”. Y veo una estantería larga larguísima repleta de leche. Leche entera, semidesnatada, desnatada, con calcio, con omega-3, sin lactosa, con fitoesteroles… Vuelvo la vista hacia la estantería de enfrente y ¡más leches! Ahora son vegetales, de arroz, de chufas, de soja, de almendras…

Huyo despavorida y voy hacia el frigorífico y veo… ¡otra leche! Leche fresca.

¡Dios mío! Yo quiero una que me sirva para hacer unos flanes, beberme un vasito fresquita con canela y limón y, si me sobra, una bechamel. A ver. ¿Cuál es la correcta? ¿Tengo que comprar tres tipos de leche? Porque para los flanes mejor la entera, pero para bebérmela ya a mi edad tengo que pensar en un extra de calcio. ¡Qué problema!

Mi mano se acerca temblorosa hacia la entera. Duda. Mucha grasa. Mejor desnatada. Poco sabor. Cojo la semi. ¿Sí? ¿No? Dura decisión.

Vale. Gana la leche. La dejo en su sitio de la estantería. No compro leche. Compro los flanes ya preparados. Bebo té frío. Y de la bechamel… ni pensar.

Me turba este exceso de variedad. Patatas para tortilla. Patatas para freír (¿las de la tortilla cómo van?). Patatas para hervir. Tampoco compro patatas.

¿Y no me digas las otras patatas? Las fritas que hemos dicho toda la vida. Patatas fritas son PATATAS FRITAS, con su aceite, crujientes, saladitas, perfectas. Engordan. Todo el mundo lo sabe. Lo asume. Pero no. Hay que ofrecer variedad: patatas sabor jamón, con chili, con queso, con jamón-chili-queso, con pimiento rojo, en aceite de oliva, ligth, extra light, onduladas, con mostaza, con sal de Ibiza… ¡la madre que parió a las patatas! Ale. De aperitivo, olivas (si no me lían también con tanto surtido).

A este ritmo me voy a mi casa con la cesta vacía y con la cabeza llena.

¿Te apetece curiosear?

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