3 En CUENTOS CLÁSICOS

“LA PALMERA”. Cuento popular

La palmera. Cuento popular. Un cuento que escuché muchas veces de niña y que he querido dejar aquí para que no se olvide en las arenas del tiempo.

LA PALMERA. De los cuentos que mi madre me contaba de pequeña, especialmente en Navidad, hay dos que se me quedaron en la memoria con más ahínco que otros. A uno, “LA CERILLERA” le seguí el paso hasta averiguar, fácilmente, que es un cuento de los muchos que escribió Hans Christian Andersen.

Del otro no he sabido encontrar su origen. Realmente tampoco sé si es de mi madre o de mi abuela. O de ambas. Supongo que, como tantos, será una mezcla de varios relatos (y tal vez de varias personas).

Esta es mi versión, recogida una tarde en la que me senté a la vera de mi mamá y le dije: “¡Venga, mamá, haz memoria y cuéntame la historia de la palmera y la Virgen!”. Es el resultado de las notas de ese día. Me gustaría aclarar que mi madre, de vez en cuando, se paraba y decía: “Ah, no… eso no es de este cuento; es de otro que ahora no me viene a la cabeza”. En fin, sea como sea, de los labios de mi madre y de mi pluma nació este cuento que espero que os guste tanto como a mí.

En esta historia, que voy a titular “LA PALMERA” (en honor a mi abuelo José “El Comino”, de oficio, palmerero y de carácter, un buen hombre), se baraja un tema bíblico con otro más mundano. La religión ha sido muy usada para fabricar historias. La verdad es que la Biblia da para eso y para muchísimo más. Además, aquí hay una clara alusión al trabajo de mi abuelo, era palmerero, un trabajo que ahora ha desaparecido, al menos tal como él lo hacía: recogía los dátiles, los adobaba y vendía, limpiaba y podaba las palmeras, trenzaba las famosas “palmas” de Domingo de Ramos, fabricaba también escobas y cestos, cortaba “turrón de palmera” y muchas cosas más. Por eso en este cuento hay un homenaje a ese árbol, demostrando el apego que sentía por él mi familia.

LA PALMERA. Cuento popular

Había una vez en un pasado muy lejano y en una ciudad adonde no se puede viajar, una mujer que estaba desesperada. Era la Virgen María. Huía con el Niño Jesús en los brazos y con San José que arrastraba una pequeña burra donde habían puesto sus escasas pertenencias. Sabían que unos malvados soldados los perseguían con la orden de matar al Niño. Pero los soldados tenías fuertes y rápidos caballos que pronto les darían alcance. Los tres estaban al límite de sus fuerzas cuando vieron, no muy lejos, la humareda que levantaban los caballos que se acercaban veloces.

-“Pronto nos alcanzarán” – pensó ella.

-“No hay lugar donde esconderse en este páramo” -pensó él.

Lo único que había cerca eran unos cuantos arbustos de baladre, llenos de grandes flores rojas y blancas.

-“El baladre nos ayudará” -le dijo María a su marido. Y se dirigió presta hacia la planta.

-“¡Oh, hermoso baladre, unos soldados nos persiguen y necesitamos tu ayuda! ¡Cúbrenos con tus grandes hojas!”

El baladre se quedó mirando a la familia y, después de pensarlo brevemente, les dijo:

-“Si os ayudo y os cubro y ellos os descubren, me culparán a mí y me talarán. No, no os cubriré”.

-“Por favor, hermoso árbol. Podemos escondernos entre tus frondosas hojas. Solo será un minuto y seguro que no nos verán. ¡Cúbrenos!” –insistió José, que veía como la distancia entre ellos y los soldados se iba acortando.

-“No. No me importa lo que os ocurra. ¡Dejadme en paz!”

-“Está bien, nos marcharemos, pero escucha: hasta ahora tus flores eran olorosas y tus frutos sabrosos y a partir de este momento de ti saldrá veneno, serás estéril y tus flores nauseabundas. Es tu castigo por tu falta de piedad” – sentenció María.

Siguieron presurosos su camino. Más cerca cada vez el peligro. De repente, vieron a una gran serpiente. Preciosa, grandiosa, de piel brillante, andares elegantes y voz profunda.

La Virgen, esperanzada por segunda vez, le dijo:

-“¡Oh, serpiente, tú que eres tan bella y de noble porte, ¿no podrías ayudarnos?! Si te enroscas sobre nosotros, podrás taparnos hasta que pasen los soldados que nos persiguen y quieren matar a mi hijo. ¡Cúbrenos con tu maravilloso cuerpo!”

La serpiente también observó a la familia, meditó su decisión y contestó:

-“¿Por qué voy a ayudaros? ¿Qué obtengo yo a cambio? ¿Podéis darme una recompensa?”

-“No tenemos nada que pueda interesarte, pero no es mucho lo que te pedimos, solo unos pocos minutos de tu tiempo y que nos prestes el magnífico cuerpo con que la naturaleza te ha dotado” –intentó convencerla José.

-“No. No tengo tiempo que perder con vosotros, unos desconocidos pordioseros que van huyendo”.

-“Está bien” -dijo por segunda vez María, más cansada y apurada que con el baladre. Casi sin esperanza ya. “Pero a partir de este momento no caminarás erguida y orgullosa, sino que te arrastrarás por el suelo, de tu garganta solo saldrá un silbido que asustará a todos cuantos lo oigan y de ti huirán porque les horrorizará tu visión”.

Extenuados siguieron caminando; ella con su niño fuertemente abrazado, él pensando que en cualquier momento los atraparían y… ¿qué sería de ellos?

Una palmera apareció ante ellos. Alta, majestuosa, con sus ramas verdes, pobladas, largas. Era su última oportunidad.

-“¡Oh, palmera bella, cúbrenos! Nos persiguen y ya nos van a alcanzar. ¿Podrías doblar tus ramas hasta que nos taparan?” –rogó la madre.

La palmera no lo pensó ni un instante. Sus ramas fueron bajando hasta tocar el suelo y, entre ellas, pudieron esconderse la Virgen, San José, el Niño y hasta la burra. Allí se quedaron parados. Quietos. Silenciosos.

Se oyó un gran tropel de caballos que se acercaba y… continuaba su camino. Se alejaron igual de veloces que habían llegado. Entonces la Virgen dijo:

-“Palmera, gracias por tu ayuda. Estos frutos que hasta ahora solo servían de forraje para bestias se convertirán en un manjar dulce y sabroso que todos querrán probar. Te cuidarán para que les des estos deseados dátiles. Y dentro de cada uno de ellos, en el interior de su hueso, verán una señal de que tú una vez nos ayudaste, verán el diente de mi niño. Tu vida será larga y no temerás tormentas ni sequías. ¡Bendita seas entre todas las plantas!”.

Y así fue como el baladre pasó a ser venenosa, la serpiente comenzó a arrastrarse por el suelo y la palmera nos regaló la mejor fruta del mundo.

Nuestros protagonistas pudieron llegar a su destino sanos y salvos.


Y esta es la única y verdadera historia; si alguien tiene dudas de su veracidad, que lo demuestre.

Y si no, que lo cuente lo más fielmente que le sea posible.

¿Te apetece curiosear?

3 Comentarios

  • Reply
    Martes de cuento
    06/01/2015 at 07:31

    Al terminar de leerlo, me ha venido a la mente El Corán. Cuando tengas ocasión, lee la azora XIX 🙂
    ¡Un abrazo!

  • Reply
    Mari Carmen
    24/10/2016 at 22:58

    Me ha encantado el cuento. ¿No serás de Elche por casualidad? Lo digo porque yo soy de esa bella tierra y nunca había escuchado ese cuento. Nunca te acostarás sin saber algo nuevo.
    Enhorabuena por tu web, me resulta muy interesante.
    Saludos

    • Reply
      Victoria Monera
      25/10/2016 at 12:08

      Hola Mari Carmen.
      Pues no soy de Elche, pero de muy cerca. Soy de Redován, está al lado de Orihuela. Y me abuelo era de ese pueblo y era palmerero. De hecho, hoy día todavía mantenemos el trabajo de mi abuelo de “rizar palmas” para Domingo de Ramos en mi pueblo. Mi madre, mi hermana y yo somos ahora “artesanas de la palma”. Creo que el cuento es una “unión” de varias historias.
      Un saludo y gracias por tu comentario.

    Deja un comentario