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LOS TINTES Y LAS CROQUETAS

LOS TINTES Y LAS CROQUETAS en un artículo que une dos productos básicos a partir de los cuarenta. Ambos son dudosos y lo digo por experiencia.

 

LOS TINTES Y LAS CROQUETAS es un artículo debido a la edad. Hace ya unos años que me veo obligada a usar tintes, para el pelo, claro, tratando así de aminorar en lo posible el paso del tiempo. O al menos que no sea tan evidente ante los ojos ajenos. Y ante los míos.

Bueno; a lo largo del tiempo he probado diferentes colores y marcas. Cuando te lo ponen en la peluquería, un alivio, porque generalmente la afable peluquera (y dicharachera, todas las peluqueras del mundo son parlanchinas, por naturaleza; cuando una persona habla mucho y está en el momento crucial de si vida de elegir oficio, siempre pienso: “Con lo que habla, sería una peluquera perfecta”) te ayuda a elegir o lo hace ella, sin más, por ti. ¡Cuánto agradezco ese gesto!

Pero la cosa cambia cuando tienes que comprarlo tú. Vas a la perfumería y te enfrentas a una espléndida estantería repleta de atractivas cajitas. Muchas marcas. Muchos colores. Chicas guapísimas en todas ellas. Melenas lisas o rizadas, siempre preciosas. A ver. Primer escollo. ¿Coloración permanente? ¿Con o sin amoniaco? ¿Para las canas? Vale, el último. Que tape las canas y que las tape bien. Segundo escollo. Los tonos. ¡Los tonos! Qué vocabulario más espléndido e imaginativo se desarrolla en este punto. Los que no quieres están claros. Negro azabache. No. Rubio platino. Venga ya. ¿Escandinavo? Nada, nada. ¿Rojo fuego? Excesivo. Después viene el dilema. ¿Castaño claro o rubio oscuro? ¿Caoba? ¿Cobrizo rojizo? ¿Con un toque de chocolate? ¿Con leche, sin leche, puro?

Yo he pasado gran parte de mi tiempo delante de estos estantes, leyendo y releyendo con absoluta concentración y tratando de encontrar ese color ideal, radiante. Y después de todo he llegado a una conclusión. Da igual. Lo que cambia es la caja. Dentro siempre hay lo mismo. Si eres valiente y te decides por el “rubio claro ceniza”, o más tradicional y te quedas con el “castaño natural”, o si quieres innovar con el “rubio dorado”, o venga, seamos lanzadas por una vez, el “madrás” o el “kenia” (suena a exótico, ¿no?). Bien… al final tienes siempre castaño, sin más. Quizá si miras con mucha atención y te pones a contraluz puedas llegar a vislumbrar un pequeño matiz, seguramente el que el producto anunciaba. Seamos justos.

Esas horas que una tarda en tomar tamaña decisión son una lucha perdida. Los tintes y las croquetas. Porque digan lo que digan con las croquetas pasa exactamente igual. Cambian el envase, pero el contenido… Yo, cuando presento unas sabrosas croquetas en la mesa, siempre guardo la caja hasta el final, porque cuando alguien me pregunta (después de haberlas probado, claro) eso de “¿de qué son?” necesito echar un vistazo rápido al nombre. Si no, solo por el sabor, es imposible adivinarlo. Podéis hacer la prueba.

Ir a la peluquería a que te pongan el tono es una sabia decisión. No comer croquetas congeladas, también.


¿Te apetece seguir leyendo? La leche. ¡Cuánto surtido!

¿Te apetece curiosear?

1 Comentario

  • Reply
    Lucia Chapa
    11/06/2014 at 08:05

    La genética ha hecho que aún no pierda el tiempo delante de los tintes, pero las croquetas…cuanta razón!!

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