1 En CUENTOS CLÁSICOS

¡MARIETA, MARIETA…! Cuento popular

 

¡MARIETA, MARIETA!” es otro de los cuentos de mi mamá. Ya sabéis que algunos de los cuentos que hay en este blog pertenecen a “mi familia”, en concreto era mi abuela quien los contaba y todavía recuerdo a algunos sus nietos (somos una familia numerosa) sentados alrededor de ella diciendo: ¡Venga, cuenta un cuento!. Yo seguí oyéndoselos a mi madre quien, casi de manera inconsciente, siguió la labor transmisora y añadió o quitó (de eso no hay duda) lo que era necesario para hacerlos más atractivos y para adaptarlos a su manera de contar.

Supongo que habrá varias versiones de este cuento, pero esta “¡MARIETA, MARIETA!” es la que mi mamá heredó de mi abuela y yo he hecho mi propia interpretación. Tiene todos los elementos necesarios para una buena narración: una niña desobediente (que debe ser castigada, claro), un personaje de ultratumba que vienen a impartir justicia y una pequeña dosis de miedo para hacerlo mas entretenido.

Lo mejor son esos estribillos (con una rima más bien forzada) que todos los que lo escuchamos recordamos durante años y años.

“Marieta, Marieta

dame la asadureta

que me quitaste de la sepultureta

que voy por la primera escaleta”

El final se deja  a cargo del narrador, de él depende “el miedo” que sientan los espectadores.
A mí me aterrorizaba… y me encantaba.

¡MARIETA, MARIETA…!
Había una vez una niña a la que todos llamaban Marieta.
Un día su mamá se fue al mercado y le dijo a Marieta:

-Hija, cuida la comida que he dejado en el fuego. Es un guisadito de asadura, tu comida favorita.

Marieta le dijo:

-Claro, mamá. Ve tranquila que yo me encargo.
La niña salió al patio y se puso a saltar a la comba con unas amigas; tan bien se lo estaba pasando que se olvidó la comida y… se quemó.

La niña pensó y pensó:

-Dios mío, mi madre me castigará por haber dejado quemar la comida. Hoy no comeremos nada. ¿Qué puedo hacer?

Entonces recordó que su abuela acababa de morirse y su cuerpo estaba aún fresco en el cementerio.

-Seguro que si le quito a mi abuela los higadillos no se ofenderá. Ella me quería mucho y estaría contente de poder ayudarme; a l fin y al cabo a ella ya no le sirven de nada.

Rauda, cogió un cuchillo, fue al cementerio, entró con cuidado de que nadie la viera y… minutos después volvió a casa con las asaduras en una bolsita. Volvió a preparar el guisadito y cuando volvió su madre no notó absolutamente nada raro.

Toda la familia comió como de costumbre y su padre hasta alabó el sabor del guiso.

Al llegar la noche, Marieta se acostó. Le costó dormirse, pero al fin lo consiguió. Un rato después, cuando ya estaba profundamente dormida, una voz profunda la despertó:

“Marieta, Marieta

dame la asadureta

que me quitaste de la sepultureta

que voy por la primera escaleta”

Llamó a su mamá y le dijo:

-¡Ah, mamá mía! ¿Quién será?

La mamá respondió:

-Calla, hija mía, que ya se irá.
Pero Marieta reconoció la voz inmediatamente:

-¡Dios mío, es mi abuela, que viene a por lo que yo robé!
No se movió de la cama y se tapó completamente con la colcha, pero no le sirvió de nada porque al poco rato volvió a oír:

“Marieta, Marieta

dame la asadureta

que me quitaste de la sepultureta

que voy por la segunda escaleta”

-¡Ah, mamá mía! ¿Quién será?

-Calla, hija mía, que ya se irá.
Marieta no se atrevía a moverse, se apretaba con todas sus fuerzas los oídos, pero seguía escuchando a su abuela cada vez más cerca.

“Marieta, Marieta

dame la asadureta

que me quitaste de la sepultureta

que voy por la tercera escaleta”

-¡Ah, mamá mía! ¿Quién será?

-Calla, hija mía, que ya se irá.

Marieta recordó entonces que en la escalera había solo cinco escalones. Ya llegaba su abuela.
Y, entonces, oyó por última vez:

“Marieta, Marieta

dame la asadureta

que me quitaste de la sepultureta

que estoy cerca de la puerta”.

¡Y la puerta se abrió y…!

Si te has quedado con ganas de más cuentos de mi mamá puedes leer:

(Imagen de Carmen Calvo)

¿Te apetece curiosear?

1 Comentario

  • Reply
    José Manuel
    07/10/2014 at 16:22

    Quiero saber el final, por favor, es que a mí nunca me lo contaron.

    Besos

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