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¿TUVE UN SUEÑO? Pablo Lobo.

LA LECHERA. Manuel Herranz. Otra versión de esta clásica historia con una edificante (y triste) moraleja. De un escritor autodidacta y muy aconsejable.

Narración que resultó de la mano de Pablo Lobo a partir de un ejercicio de creación literaria en el que el alumno debía escribir un texto a partir de un sueño propio.
Taller de escritura, Jávea 2014.

¿TUVE UN SUEÑO? 

El frío se pegaba a mi ropa húmeda y me provocaba fuertes temblores.

Me había salido de la carretera, había caído con mi coche al agua y con mucho esfuerzo había logrado salir totalmente aturdido y dolorido.  Un reguero de sangre caliente resbalaba por mi frente cegándome los ojos y dejándome un dulzón sabor en la boca. Notaba un agudo dolor en mi pierna izquierda, que se extendía hasta lo más hondo de mi ser cuando el objeto metálico que tenía clavado en ella rozaba con la tierra, en mi intento de alcanzar la carretera, arrastrándome como podía por el terraplén. Mis fuerzas se desvanecían, pero mi instinto de supervivencia me decía que tenía que seguir.  Mi móvil estaba inutilizado por el agua, era preciso que llegase a la carretera para poder encontrar a alguien que me ayudara. Por fin alcancé la carretera y cuando divisé dos faros que desde la lejanía se acercaban veloces, con un esfuerzo sobrehumano, me puse en medio de los dos carriles moviendo los brazos.

Noté que alguien me cubría con una manta, el motor de un coche y el murmullo de gente hablando. No estaba muerto, fue lo último que pensé antes de desvanecerme.

Una luz atravesaba mis parpados molestándome. Estaba tumbado en algún lugar muy blandito y oía un rítmico pitido. ¿Estaría en el más allá? Abrí los ojos lentamente y vi que estaba en la blanca habitación de algún hospital y el pitido era emitido por un monitor al que estaba unido por unos cables. Marcaba los latidos de mi corazón.

Me notaba pesado y me costaba hacer el más mínimo movimiento. Supuse que serían los efectos de la anestesia. Intenté levantarme, pero un fuerte dolor en la cabeza hizo tumbarme otra vez. Entró una enfermera y anotó en un cuaderno los datos del monitor y antes de salir me dijo:

– Afuera hay alguien que desea verle. ¿Le digo que pase?

Asentí. Entonces apareció ella. En su cara, unas pronunciadas ojeras denotaban una honda preocupación y una noche en vela. El pelo desordenado, sus ojos negros muy tristes y un mohín de culpabilidad, le daban un aspecto de desamparo infantil que me enterneció.

Antes de que yo tuviera el accidente habíamos tenido una gran discusión y yo me había ido de casa  preso de ira y rencor irracionales.

Se quedó parada en la puerta, pensando que hacer, pero rápidamente se acercó a la cama y me abrazó. Sus labios se posaron en mi frente y me sonrió. Me alegraba tanto de volver a verla…

El pitido del monitor se aceleró, tanto que parecía un timbre. Era… el despertador.

Todo había sido un sueño, pero tan real….Recordaba la discusión, los gritos, las frases hirientes. Me giré buscando su cara, pero no estaba. La busqué y la vi durmiendo en la habitación de invitados.

La desperté y le conté el sueño. Un gran abrazo y un amoroso beso nos llevó juntos a nuestra cama. Desde aquel momento supe con quien quería estar toda mi vida.

¿Te apetece curiosear?

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