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Y LLEGA EL DÍA DE LA MADRE, ¡AY!

Y llega el Día de la Madre, ¡ay! es un artículo que escribí una tarde en la que se apoderó de mí la añoranza por el collar de macarrones de mis niños. ¡Ay!

Y llega el día de la madre, ¡ay!

Y yo quiero mi collar de macarrones.

O mi cenicero de barro.

O mi tarjeta de botones.

Y llega el Día de la Madre, ¡ay! es un artículo que escribí una tarde en la que se apoderó de mí la añoranza por el collar de macarrones de mis niños. ¡Ay!

¿Qué pasó con aquellos regalos que mis niños preparaban en la escuela con tanto amor porque eran para su mamá? No me quitaba el collar en todo el día. Y por supuesto todavía conservo el cenicero, que uso como “clipero”. La tarjeta reconozco que la tiré (¡mala madre!).

Después de esos llegaron años áridos. De esos en los que ves en sus miradas: “¡Jolín con el día de la madre! ¿Y qué le regalo yo? Pues nada, un besito que mi mamá se conforma”.

Yo, como al fin y al cabo soy madre, iba dejando caer alguna idea sobre el regalo para que no se sintieran culpables (y yo no tuviera que estar todo el día repitiendo aquello de: “Pero si no pasa nada. La mamá tiene de todo”).

Así que me pasaba la semana anterior diciendo:

-“Podríamos ir a comer a algún sitio; es el día de la Madre. Es un buen regalo. No tengo que preocuparme de cocinar”. Primera idea.

-“Hace tiempo que no tenemos flores en casa. Es temporada de iris y de margaritas”. Segunda idea.

-“Pues se me está acabando el perfume”. Tercera.

Y así.

Cositas sencillas, de ir y comprar, rápidas. Pedirles que sacaran el tarro de los macarrones y perdieran diez minutos de su precioso tiempo ensartándolos en un hilo, era pedirle demasiado a unos adolescentes.

Pero el año pasado me sorprendieron. Llegó el día de la Madre, fuimos todos a comer y fue un día más. Bien.

Y al día siguiente recibí un paquete; sí, señor. Una mochila y un polo, ambos especiales para tenis. Y me llegó al alma ese regalo. Inesperado. Sorprendente. Estrené orgullosa mi mochila y mi polo: “Es un regalo de mis hijos por el Día de la Madre”. Fueron ellos quienes lo pensaron, lo decidieron y lo hicieron. ¡Qué hijos tengo!

Ahora se acerca otra vez ese día. Y no sé qué hacer. Si darles alguna idea para un regalo facilón, esperar una posible sorpresa o no hacer nada; eso sí, siempre pensando en que realmente no necesito nada y que “un besito por la mañana” es el mejor regalo del mundo (a excepción del collar de macarrones; eso no hay quien lo supere; jamás).


¿Más reflexiones sobre las mamás?

¿Te apetece curiosear?

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