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EL TESTIGO. Manuel Herranz

LA LECHERA. Manuel Herranz. Otra versión de esta clásica historia con una edificante (y triste) moraleja. De un escritor autodidacta y muy aconsejable.

Manuel Herranz es un escritor (aficionado, dice él, pero no es verdad) conocido en Jávea.

Buen compañero de clase y hombre sabio en la vida, tras leer y comentar algunos cuentos de misterio-miedo, Manuel nos escribió este breve relato.
Taller de escritura, Jávea 2014.

EL TESTIGO

El estruendo fue pavoroso. Los que estábamos presentes en el momento de producirse el impacto nos quedamos aterrados.

El turismo rojo se precipitó contra el enorme camión, que venía en dirección contraria. No parábamos de hacer especulaciones sobre lo sucedido. Si fue por una distracción del camionero o por un despiste del conductor del turismo, será cuestión a dilucidar por los peritos entendidos en la materia. Lo cierto es que el coche pequeño acabó empotrado debajo de los ejes del camión.

No tardaron mucho en llagar los agentes de la Guardia Civil; mientras uno se disponía a levantar el acta del suceso, otro daba parte a los bomberos y a los servicios de urgencia (que tampoco habían tardaron mucho en llegar). A mí, aturdido por la impresión, el tiempo se me hacía eterno.

Los bomberos, provistos de una grúa, levantaron el enorme camión y extrajeron el turismo; haciendo uso de una sierra mecánica rescataron el cuerpo del herido. A la primera ojeada, los facultativos de los servicios de urgencias vaticinaron que poco se podía hacer por el infortunado ocupante del vehículo pequeño.

No obstante le practicaron los primeros auxilios con la esperanza de que respondiera a alguno de los estímulos a los que fue sometido, en tanto que, a toda velocidad, ponían rumbo al hospital custodiados por los agentes de la Guardia Civil que les iba dejando el paso expedito.

Durante el trayecto, a fin de conocer la identidad del herido, registraron su cartera donde hallaron que tenía un testamento vital por el que donaba su cuerpo a la ciencia en caso de muerte prematura. Los médicos del SAMUR pusieron en antecedentes a las autoridades y a los médicos del hospital para que fueran distribuyendo los órganos susceptibles de ser trasplantados a otros cuerpos y para que los posibles receptores estuvieran preparados. Como el interfecto era joven y sano todos sus órganos podrían ser aprovechados.

A mí me llevaron en la ambulancia como principal testigo del evento. O eso pensaba yo, porque cuando llegamos al hospital nadie me preguntó nada.

Desde mi puesto de observador privilegiado tuve la ocasión de seguir paso a paso todo el febril desarrollo de aquella factoría que se había montado a mi alrededor y que ahora puedo referir con todo lujo de detalles.

Lo primero que hicieron fue colocar al finado encima de una mesa y empezar a despedazarlo.

Al ver como extraían los intestinos me vino a la memoria la matanza del cerdo que yo presencié en el pueblo de mi madre cuando era pequeño.

Un riñón a una bandeja. Otro a otra. El hígado a una fuente de acero. Los ojos a otro recipiente. Un grupo de asistentes auxiliares se los iba llevando, no sé adónde, como hacían la Sabina y la tía Eustaquia cuando portaban los despojos del cochino desde el corral, en el que se había llevado a cabo la ejecución, hasta el obrador del tío Lucas.

Cuando terminó aquel ir y venir de domésticos acelerados disfrazados con batas y antifaces de tela azul y después de echar las piltrafas dentro de lo que quedaba de aquel cuerpo abierto en canal, lo cosieron con hilo de bramante y lo metieron en un saco de goma que cerraba con una cremallera.

Borraron todas las huellas del desastre con agua y un líquido aséptico y abandonaron la sala de operaciones. Yo me quedé allí esperando a que alguien me preguntara algo, que para eso me habían llevado allí. O eso pensaba yo, porque no apareció ni la policía ni nadie.

Y aquí estoy yo, deambulando tranquilamente, pero sintiendo la cada vez más extraña sensación de estar flotando en una nube.

¿Te apetece curiosear?

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