EL ANTES
Una de las palabras que más se usan a partir de cierta edad (cuando uno se hace viejo, es decir) es “antes”. Yo estoy ahí. Es el momento de nuestra vida en el que más conscientes somos del tiempo pasado, presente y futuro y nos refugiamos en el pasado porque, al fin y al cabo, hemos pasado triunfalmente por ahí. O eso nos parece.
Es que antes la juventud era más madura; antes había más respeto; antes se jugaba en la calle; antes no necesitábamos los móviles, antes la comida estaba más rica… Bueno, la lista de frases es interminable. El antes era perfecto.
Del presente hay muchas cosas que no nos gustan. El futuro nos da miedo; sabemos que nos espera renuncia, decadencia y soledad. Ya dijo Jorge Manrique que “cualquiera tiempo pasado, fue mejor”: un tópico certero. Y como la memoria (gracias a Dios) es selectiva, del antes no recordamos la hipoteca del piso, los tres años preparando oposiciones, la tensión de criar hijos, los problemas familiares, más de un cáncer cercano… Esta lista también es interminable. No, todo eso no nos interesa. Los amigos, los viajes del instituto, la ilusión de ir a la universidad, comprar muebles nuevos, enamorarte… El antes es nuestro refugio, lo que retenemos y nos salva, en cierta medida, del abismo al que nos enfrentamos con esa palabra tan espantosa, “vejez”.
Recuerdo a mi abuelos quejarse de todo lo presente y alabar de continuo el antes. Veo a mi madre haciéndolo hace ya unos años. Me sorprendo pensándolo yo misma cada vez con más frecuencia. Estoy aterrorizada.
Alguna reflexión más
- A TODAS ESAS MADRES ABANDONADAS
- BIEN
- Y LLEGA EL DÍA DE LA MADRE, ¡AY!
- DIME QUÉ CAFÉ TOMAS
- LOS TINTES Y LAS CROQUETAS
- CÓMO HACER UNA TORTILLA



