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EL ÁNGEL DE LA MUERTE, de “Las mil y una noches”

 

      “EL ÁNGEL DE LA MUERTE” es uno de los cuentos que aparecen en “LAS MIL Y UNA NOCHES”. El lejano Oriente fue la cuna de “LAS MIL Y UNA NOCHES”, célebre colección de cuentos que nos presenta un mundo lleno de magia, alucinaciones y aventuras fascinantes que proceden de siglos diferentes y cuya redacción definitiva es posterior al siglo XVI. Esta colección de cuentos pinta poéticamente la vida de los hombres del Oriente, y, particularmente, la astucia de las mujeres del harén. Es una joya literaria.
Realmente este maravilloso libro fue conocido gracias a la publicación realizada en doce volúmenes por el arabista francés Antoine Galland y titulada “Les mille et une nuits. Contes árabes, traduits en français” (1704-1717). Galland tradujo el manuscrito original, pero suavizó los pasajes más violentos y eróticos y añadió relatos procedentes de otras fuentes escritas, además de  narraciones orales recogidas por él. “Aladino” y “Alí Babá” fueron añadidos a la compilación por Galland.

Entre los relatos destacan breves apólogos como el siguiente, un intenso y dramático diálogo en el que, una vez más, se muestra la inexorabilidad de la muerte, que no perdona.

EL ÁNGEL DE LA MUERTE Y EL REY DE ISRAEL

      Se cuenta de un rey de Israel que fue un tirano. Cierto día, mientras estaba sentado en el trono de su reino, vio que entraba un hombre por la puerta de palacio; tenía la pinta de un pordiosero y un semblante aterrador. Indignado por su aparición, asustado por el aspecto, el Rey se puso en pie de un salto y preguntó:

      -¿Quién eres? ¿Quién te ha permitido entrar? ¿Quién te ha mandado venir a mi casa?

      -Me lo ha mandado el Dueño de la casa. A mí no me anuncian los chambelanes ni necesito permiso para presentarme ante reyes ni me asusta la autoridad de los sultanes ni sus numerosos soldados. Yo soy aquel que no respeta a los tiranos. Nadie puede escapar a mi abrazo; soy el destructor de las dulzuras, el separador de los amigos.

      El rey cayó por el suelo al oír estas palabras y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, quedándose sin sentido. Al volver en sí, dijo:

      -¡Tú eres el Ángel de la Muerte!

      -Sí.

      -¡Te ruego, por Dios, que me concedas el aplazamiento de un día tan sólo para que pueda pedir perdón por mis culpas, buscar la absolución de mi Señor y devolver a sus legítimos dueños las riquezas que encierra mi tesoro; así no tendré que pasar las angustias del juicio ni el dolor del castigo!

      -¡Ay! ¡Ay! No tienes medio de hacerlo. ¿Cómo te he de conceder un día si los días de tu vida están contados, si tus respiros están inventariados, si tu plazo de vida está predeterminado y registrado?

      -¡Concédeme una hora!

      -La hora también está en la cuenta. Ha transcurrido mientras tú te mantenías en la ignorancia y no te dabas cuenta. Has terminado ya con tus respiros: sólo te queda uno.

      -¿Quién estará conmigo mientras sea llevado a la tumba?

      -Únicamente tus obras.

      -¡No tengo buenas obras!

      -Pues entonces, no cabe duda de que tu morada estará en el fuego, de que en el porvenir te espera la cólera del Todopoderoso.

      A continuación le arrebató el alma y el rey se cayó del trono al suelo.

      Los clamores de sus súbditos se oyeron; se elevaron voces, gritos y llantos; si hubieran sabido lo que le preparaba la ira de su Señor, los lamentos y sollozos aún hubieran sido mayores y más y más fuertes los llantos.

¿Te apetece curiosear?

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