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“HACÍA UN FRÍO”. Max Aub

"HACÍA UN FRÍO". Max Aub. Un escritor español desconocido para muchos. Vivió y estudió en Valencia; después emigró a Méjico y allí siguió escribiendo.

“HACÍA UN FRÍO”, de Max Aub, un escritor español desconocido para muchos, que realizó una labor importantísima en el mundo literario y cinematográfico dentro y fuera de España. Este breve texto es uno de sus crímenes ejemplares.

SOBRE EL AUTOR

Max Aub (París, 1903-México, 1972), poseedor de cuatro nacionalidades y aunque de origen francés, escribió toda su obra en español. Sus padres (madre francesa y padre alemán) vinieron a España por motivos de trabajo y Max estudió el bachillerato en Valencia; más tarde se nacionaliza español; dice que “uno es de donde estudia el bachillerato”. Viaja y conoce España ya que es viajante comercial.

Al acabar la Guerra Civil (se había comprometido con la causa republicana), se exilia a París, pero es encarcelado y consigue liberarse y llegar a México gracias a la ayuda del también escritor John Dos Passos.

Trabajó incansablemente como periodista, guionista cinematográfico, traductor, dramaturgo, novelista, poeta y crítico.

Desde 1987 se entregan los “Premios Internacionales de cuentos Max Aub”, creados por la Fundación Max Aub.

Aquí tenéis uno de los cuentos que forman su libro “Crímenes ejemplares”. Es un libro muy curioso y con una ironía y un sentido del humor difícil de igualar. A mí me gusta por la intensidad de sus finales y por la comprensión que demanda al lector. Me siento totalmente cómplice en cada uno de sus “crímenes”. Y acepto mi culpa sin remordimiento.

Y si os quedáis con ganas de más, otro cuento de este autor “HABLABA Y HABLABA”.

(Biografía detallada)

CRÍMENES EJEMPLARES. “HACÍA UN FRÍO”

Hacía un frío de mil demonios. Él me había citado a las siete y cuarto en la esquina de Venustiano Carranza y San Juan de Letrán. No soy de esos hombres absurdos que adoran el reloj como una deidad. Comprendo que el tiempo es elástico y que cuando le dicen a uno las siete y cuarto, da lo mismo que sean las siete y media.  Tengo un criterio amplio para todas las cosas. Siempre he sido un hombre tolerante, un liberal de la buena escuela. Pero hay cosas que no se pueden aguantar por muy liberal que uno sea.

Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella condenada esquina estaba abierta a todos los vientos. Las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho menos diez. Las ocho. Es natural que ustedes se pregunten que por qué no dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo. Héctor me había citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza el faltar a una cita. Las ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media, y Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado; me dolían los pies; me dolían las manos; me dolía el pecho; me dolía el pelo. La verdad es que si hubiera llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera pasado nada. Pero ésas son cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde, hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara aquel viento. Las nueve menos cuarto. Transido, amoratado. Llegó a las nueve menos diez: tranquilo, sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados:

– ¡Hola, manito!

Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba. Triste casualidad.

¿Te apetece curiosear?

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