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¿Y QUÉ FUE DE LOS PIROPOS?

¿Y qué fue de los piropos? ¿Dónde se han ido los piropos y los piropeadores? Yo los echo de menos. Su inventiva, su ingenio, su creatividad.

¿Y qué fue de los piropos? Los piropos son esas palabras o frases dedicadas a elogiar algún aspecto de alguien. Generalmente dedicados a las mujeres. No nos engañemos. Los albañiles han sido, hasta ahora, los encargados de mantener alto el pabellón del piropeador. Pasar por una obra era una aventura. Pero ya no se llevan; las galanterías están “en peligro de extinción”. Y eso que permiten una creatividad sin límites; son casi poesía algunos. Arte popular. Imaginación. Vale, otros ofenden, sí, porque cochinos también hay. Vulgares. Del tipo “¡Eso es carne y no lo que mi madre echa en el cocido!” (a mí, sinceramente, me divierten). Pero muchos se salvan.

¡Hombres de todo el mundo, no dejéis de halagar a las mujeres; seguid con los piropos, las lisonjas, las galanterías, los requiebros! ¡Son necesarios, absolutamente necesarios!

Los piropos se valoran mucho conforme va pasando el tiempo. Cuando eres una adolescente te ruborizan esos adjetivos que pueden ir de lo original y gracioso a lo grosero y maleducado. “¡Ay, Dios mío! Tengo que pasar por esa terracita y hay una mesa con varios chicos mirando. Seguro que me dicen algo. ¡Qué vergüenza!” Y claro, suena un “¡Quien pudiera ser papel para poder envolver ese bombón!” o “Voy a comprarme un diccionario, porque en cuanto te he visto me he quedado sin palabras”. ¡Qué bonito, pardiez!

¿Y qué fue de los piropos? ¿Dónde se han ido los piropos y los piropeadores? Yo los echo de menos. Su inventiva, su ingenio, su creatividad.

“PIROPO”, de Carmen Calvo

Cuando tienes treinta cambia un poco la visión. Has engordado unos kilitos (kilos no… “kilitos”, que no es lo mismo, ni mucho menos) y te gusta escuchar un “!Ahí va una mujer como Dios manda!” “¡Guapa!” “¡Vaya culito!”. Te sonrojas, pero poco. “Pues sí. Tiene razón el mozo”, piensa una, satisfecha de que se haga justicia tras varios duros meses de gimnasio.

A los cuarenta ya te enorgullece escucharlos y hasta te vuelves hacia el piropeador un poco desafiante. “¿Qué pasa? ¿Quieres guerra?”. Y si no te dicen nada: “¡Será imbécil, se están perdiendo las buenas maneras!”

Y llegan los cincuenta. “¿Dónde hay una mesa llena de chicos? ¿O una obra? Necesito en piropo cueste lo que cueste”. Porque sí, cada vez cuestan más. Ahora estás hasta dispuesta a pagar algo a cambio de escuchar un requiebro masculino. Pero aunque el culo se mantenga aún en su sitio, la cara… la cara que es el espejo del alma. De un alma cincuentona, vamos. Y se acabó.

 

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(Ilustración de Carmen Calvo)

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1 Comentario

  • Reply
    Amy Plin
    23/12/2014 at 12:00

    Buenísima entrada. Le has dado en el clavo.
    Saludos!

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