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TRES HORAS

TRES HORAS

¡Qué guapa! ¿Es el vestido que compraste el otro día?

No me contestó; simplemente me miró y me cucó el ojo en un gesto de complicidad por el que me había enamorado de ella hacía ya catorce años. No había dejado de amarla ni un solo segundo desde entonces. Cogió su bolso, me envió un besito aéreo y salió.

Sabía que no había estrenado el vestido para mí, que lo había comprado pensando en otros ojos. Sabía que esos otros ojos no la verían nunca tan hermosa como yo y sabía que ella necesitaba cada vez más esas miradas clandestinas.

Esta noche no era la primera vez. Me dijo que iba al cine con unas amigas; le gustaba el cine. A mí también pero últimamente ella organizaba estas salidas sin mí.

Tres horas era el tiempo que tardaba; media en llegar al bar, media en tomar algo (calentamiento), una en el dormitorio (fase principal), media en el aseo (estiramiento) y media en regresar a casa.

Allí la esperaba yo siempre. ¿Qué tal la película? ¿Habéis picado o quieres que te prepare algo?, le preguntaba cada vez. Bueno, ha estado bien; era una de acción, nada especial. No, no me prepares nada. Tomaré algo de fruta y un yogurt. Era su respuesta. Yo seguía viendo la televisión. Ella volvía ya con el pijama y se acurrucada a mi lado; apoyaba su cabeza en mi hombro y no tardaba en dormirse.

Me preguntaba cuánto tiempo más seguiría preguntándole eso. Porque yo estaba dispuesto a repetir esa pregunta todos los días de mi vida. Quería verla volver a casa aunque tuviera el pelo algo húmedo y no supiera decirme el título de la película que acababa de ver. Quería despertarme a su lado aunque ya no me abrazara como antes. Quería felicitarla el día de su cumpleaños. Quería brindar con ella en el mío. Quería ser su pinche en la cocina. Quería subirle la cremallera. Necesitaba seguir. Lo quería todo de ella y, si para tenerlo, ella necesitaba tres horas, estaba dispuesto a aceptarlo.

Lo que jamás podría soportar serían los desayunos sin sus prisas, el silencio de sus tacones en el parqué, una sola toalla en la ducha, una botella de vino para mí, elegir yo el menú en un restaurante, mi hombro sin su cabeza. Al fin y al cabo, ¿qué son tres horas a cambio de su risa, su manera de sentarse, sus canciones entre dientes?

Realmente, ¡qué guapa estaba con ese vestido nuevo!

¿Te apetece curiosear?

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