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LA CENICIENTA. Hermanos Grimm

LA CENICIENTA. Hermanos Grimm. Todos conocemos este bello cuento, pero, ¿lo has leido alguna vez? Te va sorprender por su crueldad final. Ya verás.
Casi todos conocemos este cuento, “LA CENICIENTA“. Pero casi todos lo conocemos por la famosísima versión musical de Walt Disney. Si leéis esta, veréis que hay diferencias notables. Hay, por ejemplo, más crueldad a la hora de castigar a las hermanastras (atención a su final); elementos que no aparecen en el cine, como las lentejas o el árbol mágico… Tenéis que descubrirlas y después podéis decidir cuál os gusta más. Aunque yo ya sé que os vais a quedar con la versión original de los Hermanos Grimm para leer, y con la americana para ver y escuchar. Como yo.

SOBRE LOS AUTORES

Los Hermanos Grimm (Jacob y Wilheim) fueron dos escritores alemanes del siglo XIX que han pasado a la historia de la literatura alemana por sus aportaciones tanto filológicas como cuentísticas. Se les considera creadores de la filología alemana, tras publicar obras como “Diccionario alemán”, “Gramática alemana” y “Mitología alemana”. Fuera de las fronteras de su país son conocidos por sus “Cuentos de la infancia y del hogar”, donde están incluidos títulos tan famosos como La cenicienta, Barba Azul o Pulgarcito. Todos sus cuentos fueron recogidos de versiones orales, por ello son recopiladores. Sus primeras versiones son más duras (más reales, habría que decir), decían que sus cuentos “no eran para niños”; pero se vieron obligados a retocar y suavizar muchos de ellos para hacerlos más accesibles al público infantil.

LA CENICIENTA

Un hombre rico tenía a su mujer muy enferma; esta, cuando vio que se acercaba su fin, llamó a su hija única y le dijo:

-Querida hija, sé piadosa y buena, Dios te protegerá desde el cielo y yo no me apartaré de tu lado y te bendeciré.

Poco después cerró los ojos y espiró. La niña iba todos los días a llorar al sepulcro de su madre y fue siempre piadosa y buena. Llegó la primavera y el sol doró las flores del campo y el padre de la niña se casó de nuevo.

La esposa trajo dos niñas que tenían un rostro muy hermoso, pero un corazón muy duro y cruel; entonces comenzaron muy malos tiempos para la pobre huérfana.

-No queremos que esté ese pedazo de ganso sentado a nuestro lado; que gane el pan que coma. Que se vaya a la cocina con la criada.

Le quitaron sus vestidos buenos y le dieron unos zuecos.

-¡Qué sucia está la orgullosa princesa! -decían riéndose. La mandaron ir a la cocina: tenía que trabajar allí desde por la mañana hasta la noche, levantarse temprano, traer agua, encender lumbre, coser y lavar; sus hermanas le hacían además todo el daño posible, se burlaban de ella y le vertían la comida en la lumbre. Por la noche, cuando estaba cansada de tanto trabajar, no podía acostarse, pues no tenía cama, y la pasaba recostada al lado del fuego; como siempre estaba llena de polvo y ceniza, la llamaban Cenicienta.

Sucedió que su padre fue en una ocasión a una feria y preguntó a sus hijastras lo que querían que les trajese.

-Un bonito vestido -dijo la una.

-Una buena sortija -añadió la segunda.

-Y tú, Cenicienta, ¿qué quieres? -le dijo.

-Padre, tráeme la primera rama que encuentres en el camino.

Compró a sus dos hijastras hermosos vestidos y sortijas adornadas de perlas y piedras preciosas y, a su regreso, al pasar por un bosque, tropezó en una rama de zarza y la cortó. Cuando volvió a su casa dio a sus hijastras lo que le habían pedido y la rama a Cenicienta, la cual corrió al sepulcro de su madre, plantó la rama en él y lloró tanto que, regada por sus lágrimas, no tardó la rama en crecer y convertirse en un hermoso árbol. Cenicienta iba tres veces todos los días, lloraba y oraba. Siempre iba a descansar en él un pajarillo; cuando deseaba algo, se lo concedía el pajarillo.

Celebró por entonces el rey unas grandes fiestas durante tres días e invitó a ellas a todas las jóvenes del país para que su hijo eligiera a su esposa. Cuando supieron las dos hermanastras que debían asistir, llamaron a  Cenicienta y  dijeron.

-Péinanos, límpianos los zapatos y ponles bien las hebillas.

La Cenicienta las escuchó llorando, pues las hubiera acompañado con mucho gusto, y suplicó a su madrastra que se lo permitiese.

-Cenicienta -le dijo-: estás llena de polvo y ceniza y ¿quieres ir a una boda? ¿No tienes vestidos ni zapatos y quieres bailar?

Pero como insistiese en sus súplicas, le dijo por último:

-Se ha caído un plato de lentejas en la ceniza, si las recoges antes de dos horas, sí.

La joven salió al jardín por la puerta trasera y dijo:

-Tiernas palomas, amables tórtolas, pájaros del cielo, vengan y ayúdenme a recoger.

“Las buenas en el puchero, las malas en el caldero”.

Entraron por la ventana de la cocina dos palomas blancas, después dos tórtolas y por último todos los pájaros del cielo. Aun no había transcurrido una hora, y ya estaba todo concluido. Llevó la niña llena de alegría el plato a su madrastra, pero ésta dijo:

-No, Cenicienta, no tienes vestido y no sabes bailar, se reirían de nosotras.

Mas viendo que lloraba, añadió:

-Si puedes recoger de entre la ceniza dos platos llenos de lentejas en una hora, sí.

Creyendo en su interior que no podría hacerlo, vertió los dos platos de lentejas en la ceniza y se marchó, pero la joven salió entonces al jardín y volvió a decir:

-Tiernas palomas, amables tórtolas, pájaros del cielo, vengan y ayúdenme a recoger.

“Las buenas en el puchero, las malas en el caldero”

Aun no había trascurrido media hora, cuando ya estaba todo concluido. Llevó la niña llena de alegría el plato a su madrastra, pero ésta dijo:

-No puedes venir, porque no tienes vestido y no sabes bailar; se reirían de nosotras.

Le volvió entonces la espalda y se marchó con sus orgullosas hijas.

En cuanto quedó sola, fue la Cenicienta al sepulcro de su madre y comenzó a decir:

Arbolito pequeño,
dame un vestido; 
que sea, de oro y plata, 
muy bien tejido.

El pájaro le dio entonces un vestido de oro y plata y unos zapatos bordados de plata y seda; en seguida se puso el vestido y se marchó a la boda; sus hermanas y madrastra no la conocieron y creyeron que era alguna princesa extranjera. Salió a su encuentro el hijo del rey, la tomó de la mano y bailó con ella; no le permitió que bailara con nadie más.

Bailó hasta el amanecer y entonces decidió marcharse; el príncipe le dijo:

-Iré contigo y te acompañaré -pero ella se despidió y saltó al palomar.

Entonces aguardó el hijo del rey a que fuera su padre y le dijo que la doncella extranjera había saltado al palomar. El anciano creyó que debía ser Cenicienta; trajeron una piqueta y un martillo para derribar el palomar, pero no había nadie, y cuando llegaron a la casa de Cenicienta, la encontraron sentada en el hogar con sus sucios vestidos pues había salido muy rápida del palomar y corrido hacia el sepulcro de su madre, donde se quitó los hermosos vestidos.

Al día siguiente, cuando llegó la hora en que iba a principiar la fiesta, corrió Cenicienta junto al arbolito y dijo:

Arbolito pequeño,
dame un vestido; 
que sea, de oro y plata, 
muy bien tejido.  

Entonces el pájaro le dio un vestido mucho más hermoso que el del día anterior y cuando se presentó en la boda con aquel traje, dejó a todos admirados de su extraordinaria belleza; el príncipe, que la estaba aguardando, le cogió la mano y bailó toda la noche con ella.

Al amanecer manifestó deseos de marcharse, pero el hijo del rey la siguió para ver donde entraba, más de pronto se metió en el jardín trasero. El príncipe dijo a su padre:

-La doncella extranjera se me ha escapado; me parece que ha saltado al peral. 

El padre creyó que debía ser Cenicienta; mandó traer un hacha y derribó el árbol, pero no había nadie en él; cuando llegaron a la casa, estaba Cenicienta sentada en el hogar, como la noche anterior.

Al día siguiente fue también Cenicienta al sepulcro de su madre y le dijo al arbolito:

Arbolito pequeño,
dame un vestido; 
que sea, de oro y plata, 
muy bien tejido.

Entonces el pájaro le dio un vestido que era mucho más hermoso y magnífico que ninguno de los anteriores, los zapatos eran todos de oro y cuando se presentó en la boda con aquel vestido, nadie tenía palabras para expresar su asombro. El príncipe bailó toda la noche con ella.

Al amanecer se empeñó en marcharse Cenicienta y el príncipe en acompañarla, mas se escapó con tal ligereza que no pudo seguirla. Pero el hijo del rey había mandado untar toda la escalera de pega y se quedó pegado en ella el zapato izquierdo de la joven; lo levantó el príncipe y vio que era muy pequeño, bonito y todo de oro. Al día siguiente fue a ver al padre de Cenicienta y le dijo:

-He decidido que sea mi esposa a la que venga bien este zapato de oro.

Alegráronse mucho las dos hermanas porque tenían los pies muy bonitos; la mayor no se lo podía meter, porque sus dedos eran demasiado largos. Al verlo le dijo su madre, alargándole un cuchillo:

-Córtate los dedos, pues cuando seas reina no irás nunca a pie.

La joven se cortó los dedos; metió el zapato en el pie, ocultó su dolor y salió a reunirse con el hijo del rey, que la subió a su caballo y se marchó con ella, pero tenía que pasar por el lado del sepulcro de la primera mujer de su padrastro, en cuyo árbol había dos palomas, que comenzaron a decir.

No sigas más adelante,
detente a ver un instante, 
que el zapato es muy pequeño 
y esa novia no es su dueño.

Se detuvo, le miró los pies y vio correr la sangre; volvió su caballo, condujo a su casa a la novia fingida y dijo que se probase el zapato la otra hermana. Entró ésta en su cuarto y se lo metió bien por delante, pero el talón era demasiado grueso; entonces su madre le alargó un cuchillo y le dijo:

-Córtate un pedazo del talón, pues cuando seas reina, no irás nunca a pie.

La joven se cortó un pedazo de talón, metió un pie en el zapato, y ocultando el dolor, salió a ver al hijo del rey, que la subió en su caballo y se marchó con ella; cuando pasaron delante del árbol las dos palomas que comenzaron a decir:

No sigas más adelante,
detente a ver un instante, 
que el zapato es muy pequeño 
y esa novia no es su dueño.

Se detuvo, le miró los pies y vio correr la sangre; volvió su caballo y condujo a su casa a la novia fingida:

-Tampoco es la que busco -dijo-. ¿Tienen otra hija?

-No -contestó el marido- de mi primera mujer tuve una pobre chica, a la que llamamos Cenicienta, porque está siempre en la cocina, pero ella no puede ser.

El hijo del rey insistió en verla, pero la madre le replicó:

-No, no, está demasiado sucia para atreverme a enseñarla.

Se empeñó en que saliera y hubo que llamar a Cenicienta. Salió a presencia del príncipe que le alargó el zapato de oro; se sentó en su banco, sacó de su pie el pesado zueco y se puso el zapato que le venía perfectamente. El príncipe reconoció a la hermosa doncella y dijo:

-Esta es mi verdadera novia.

La madrastra y las dos hermanas se pusieron pálidas de ira, pero él subió a la Cenicienta en su caballo y se marchó con ella; cuando pasaban por delante del árbol, dijeron las dos palomas blancas.

Sigue, príncipe, sigue adelante 
sin parar un solo instante,
pues ya encontraste el dueño
del zapatito pequeño.

Después de decir esto, echaron a volar y se posaron en los hombros de la Cenicienta.

Cuando se casaron, fueron las falsas hermanas a acompañarla y tomar parte en su felicidad; al dirigirse los novios a la iglesia, iba la mayor a la derecha y la menor a la izquierda y las palomas que llevaba la Cenicienta en sus hombros picaron a la mayor en el ojo derecho y a la menor en el izquierdo, de modo que picaron a cada una un ojo; a su regreso se puso la mayor a la izquierda y la menor a la derecha y las palomas picaron a cada una en el otro ojo; así se quedaron ciegas toda su vida por su falsedad y envidia.

¿Te apetece curiosear?

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